Club del Lenguaje no Verbal

Por cortesía de la Fundación Universitaria Behavior & Law

Mes: septiembre 2017

Fingir ira en las negociaciones. Club Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “The consequences of faking anger in negotiations”, de los autores Stéphane Côté, Ivona Hideg y Gerben A. van Kleef, de la Universidad de Toronto (Canadá), que analizan la influencia de fingir ira en las negociaciones. 

En cualquier tipo de negociación, lo lógico es buscar ganar ventaja sobre el otro y no es raro que alguna vez se recurran a tácticas para ello. Por lo general, tendemos a pensar que si nos mostramos enfadados o perdemos los nervios seremos vistos como poco racionales por la otra persona y no querrá seguir la negociación. Pero, ¿y si además de poco elegante fuera efectivo?

Los investigadores de este estudio tenían la hipótesis de que, mientras que fingir enojo no tendría efectos positivos, la ira real podría ser de ayuda en una negociación. ¿Por qué? Porque si tu emoción es vista como falsa genera desconfianza, lo cual es muy poco conveniente en una negociación. Los investigadores describen la falsificación de la ira como una “actuación superficial”. Es decir, lo que haces cuando expresas externamente una emoción que no estás sintiendo realmente. Al parecer, cómo se ve nuestra cara cuando fingimos ira es totalmente diferente de cómo se ve cuando realmente estamos enfadados. Y si la otra persona lo sabe puede interpretar nuestros actos como “falsos, calculadores, deshonestos y oportunistas”. Por otro lado, la ira auténtica puede hacer que la oposición te vea como “difícil y poco transigente” y, por tanto, paradójicamente les hace ceder.

Los investigadores examinaron el impacto de la “ira superficial” frente a la cólera real (comunicada por los actores usando una estrategia de “acción profunda”) en un proceso de negociación. Los participantes fueron 140 estudiantes universitarios (66 hombres y 74 mujeres) con edades comprendidas entre 18 y 28 años. Fueron asignados al azar para ver una grabación de un hombre negociando una venta de autos con ellos. Había tres clips de vídeo, cuyas formas de hacer la oferta variaba: una presentación falsamente enojada, una presentación neutral o una presentación con ira real. Debían ver la grabación, decidir si aceptaban o rechazaban la oferta, y si rechazaban la oferta, debían hacer una contraoferta. Los investigadores fijaron la oferta de compra inicial para el coche en el valor de mercado más bajo, de modo que una proporción alta de los estudiantes buscara hacer contraoferta.

Como resultado encontraron que, cuando se fingía ira en un proceso de negociación, era probable que el otro le impusiera demandas particularmente altas, se mostrara relativamente insatisfecho y tuviera poco interés en trabajar con de nuevo con esa persona debido a la desconfianza que había generado. De hecho, las mayores contraofertas fueron realizadas a negociadores que fingían la ira; en segundo lugar, a los negociadores neutrales, y las más bajas a los que estaban furiosos de verdad. Según los participantes, no había diferencia en cómo percibían los dos tipos de ira, los veían igual de intensos. Sin embargo, desconfiaban más del que fingía enfado y le imponían demandas más altas, mientras que al enojado de verdad le veían como un negociador más duro y le hacían contraofertas más bajas.

Por tanto, los investigadores concluyen que fingir ira no es lo mejor para una negociación. Y, si bien un enfado real pueda traer algún beneficio, la emoción no sería auténtica si la estamos manipulando para nuestro beneficio. Así que quizás lo más recomendable sea mostrarse cortés y neutral y no ser deshonesto.

Pídelo cara a cara: eres menos persuasivo tras el ordenador. Club Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Ask in person: You’re less persuasive than you think over email”, de los autores M. Mahdi Roghanizad, de la Universidad de Waterloo (Canadá), y Vanessa K. Bohns, de la Universidad de Cornell (Estados Unidos), que estudian los componentes no verbales de la persuasión cara a cara. 

Cada día es más habitual el uso del correo electrónico o del WhatsApp para comunicarnos. Dedicamos más tiempo a nuestros amigos por las redes sociales que para tomar un café. Y es que la comunicación está evolucionando junto con la tecnología a la inmediatez y la comodidad por encima de su factor más personal.

Tanto es así que no es raro que en las empresas haya algún tipo de mensajería interna para que no tengamos que levantarnos del asiento para pedir algo a un compañero, ni siquiera que levantar el teléfono para darle un toque más humano. Y es que la mensajería es más rápida que ir por el pasillo a otro despacho o incluso que el ascensor a otra planta. Pero, ¿realmente puede sustituir al cara a cara?

Estos investigadores plantearon la hipótesis de que hay un efecto que llamaron “la subestimación del efecto de cumplimiento”. En otras palabras, que somos más persuasivos cara a cara debido a los elementos no verbales que acompañan a ese tipo de interacción. Para probar esto se llevaron a cabo dos experimentos.

En el primer experimento, participaron 45 estudiantes universitarios cuya tarea era pedir a 10 desconocidos que rellenaran una breve encuesta de personalidad. La mitad de los solicitantes debían hacerlo “cara a cara”, acercándose a 10 estudiantes desconocidos en un campus universitario, mientras que los otros participantes debían obtener las encuestas por correos electrónicos que enviarían a extraños elegidos fuera del directorio de la universidad. En ambas condiciones, los solicitantes utilizaron el mismo discurso para realizar la solicitud y, antes de que comenzaran, se le preguntó a los solicitantes cuántas personas pensaban que podrían llegar a completar la encuesta.

Los resultados confirmaron la hipótesis de los investigadores: aquellos en la condición cara a cara subestimaron sus poderes de persuasión, mientras que los que estaban en la condición de correo electrónico sobreestimaron su tasa de éxito. Ambos grupos pensaron que podrían convencer alrededor de 5 de las 10 personas. Sin embargo, mientras que los participantes de correo electrónico convencieron tan sólo al 10% de las personas para realizar su petición, las solicitudes cara a cara de un extraño obtuvo una tasa de éxito del 70%.

En un segundo estudio, 60 participantes fueron nuevamente asignados al azar a las condiciones cara a cara o correo electrónico. Esta vez, los participantes se acercaron a desconocidos que ya habían acordado completar un cuestionario por 1 dólar. Esta vez, su tarea consistía en convencer a los extraños de completar una tarea adicional de forma gratuita. Una vez más, antes de hacer sus peticiones, a los participantes se les preguntó cuántas personas de cada 7 pensaban que estarían de acuerdo en realizar la segunda tarea. Una vez más, los participantes en la condición cara a cara lograron persuadir a mucha más gente.

En conclusión, tendemos a creer que somos mucho más persuasivos de lo que somos en realidad hablando por correo electrónico (y quizás también en otras plataformas exentas del cara a cara). Una de las razones por las que las solicitudes cara a cara son mucho más efectivas es que las personas se sienten más incómodas al decir “no” en persona. De hecho, según los autores es 34 veces más efectivo. Así que, aunque también pueda ser incómodo pedir algo cara a cara, desde luego vale la pena si se prima la efectividad sobre el apuro.

Dime con quién hablas y te diré qué tono usas. Club Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Perceived differences in social status between speaker and listener affect the speaker’s vocal characteristics’”, de los autores Juan David León Gómez, Viktoria R. Mileva, Anthony C. Little y S. Craig Roberts, de la Universidad de Stirling (Reino Unido), que analizan las diferencias en el tono de voz respecto a la dominancia o el prestigio de nuestro interlocutor. 

No es ninguna novedad que no nos comportamos de la misma manera con nuestros amigos que con nuestros padres, del mismo modo que tampoco en el trabajo o en un bar. Sabemos modular perfectamente nuestro comportamiento y eso atañe a todo tipo de conductas, incluido el tono de voz.

Existen evidencias de que la voz de una persona varía según con quién hablamos. Dado que sabemos que el tono de voz es una forma de comunicación no verbal también, en este estudio se aborda cómo variamos nuestro tono de voz en función de si percibimos a nuestro interlocutor como una persona dominante, prestigiosa o de forma neutra.

Los participantes fueron 24 hombres y 24 mujeres, con una edad promedio de 20 años. Se les dijo que llevarían a cabo una entrevista de trabajo simulada que no requería la presencia física del entrevistador. En lugar de ello se les mostraba una de las tres fotos (dominante, prestigioso o neutro), que habían sido valoradas por otros participantes en un estudio previo en esas categorías. Por tanto, los participantes veían la fotografía junto a una ficha falsa que incluía nombre, empleo y testimonio de sus empleados, pero en todos los casos hablaban con uno de los experimentadores; lo que significa que los cambios que encontrarían en el registro de voz se debería a la información facilitada sobre el supuesto entrevistador.

Los resultados mostraron que los participantes cambiaban su tono de voz (junto a otras características vocales) en respuesta al supuesto estatus social de su interlocutor, y esto ocurría incluso cuando ellos mismos se consideraban de alto estatus. Sin embargo, los que tenían un alto prestigio mantuvieron el mismo tono independientemente del entrevistador al que se le asignara. Los investigadores hipotetizaron que se debía a que era una forma de mostrar calma y que la situación estaba bajo control.

Respecto a la dominancia, una situación como una entrevista de trabajo implica per se cierta dominancia del entrevistador sobre el entrevistado, así que tenía sentido que se utilizara un tono más agudo como señal de sumisión y de no suponer una amenaza. Por ello, encontramos que las personas que se describían en los cuestionarios previos como bajos en dominancia usaban un tono más agudo al hablar. Sin embargo, para las personas que se tildaban a sí mismas de dominantes no sólo no hablaron con voz más aguda, sino que además utilizaron un tono más grave.

Los resultados son prometedores pero sería importante replicarlos en una muestra más amplia y con un rango de edad menos específico, dado que en muchos casos podía tratarse de su primera entrevista laboral y mostrarse más intimidados de lo normal. Sin embargo, no deja de ser una prueba de cómo alteramos nuestro tono de voz delatando cómo de dominante percibimos a nuestro interlocutor o el estatus que consideramos tener.

Hombres tatuados: los saludables chicos malos. Club Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Tattooed men: Healthy bad boys and good-looking competitors’”, de los autores Andrzej Galbarczyk de la Universidad Jagiellonian y Anna Ziomkiewicz de la Academia Polaca de Ciencias, que estudian los estereotipos sobre las personas tatuadas.

En otras ocasiones hemos hablado de estereotipos. De cómo nuestra primera impresión, equivocada o no, transmite un mensaje a los demás y supone el inicio de la interacción de una manera u otra. Lo creamos o no, no tratamos de la misma forma a una persona que nos parece atractiva de otra que nos es físicamente indiferente. Igual que si vamos de noche por la calle y nos topamos con alguien de aspecto peligroso no dudamos en cambiar de acera mientras que no seríamos tan drásticos con alguien que parezca inofensivo.

Uno de los elementos de nuestro aspecto físico que más debate ha causado a lo largo de estas décadas son los tatuajes. Distintos estudios han tratado de abordar la personalidad, las interacciones y los estereotipos sobre ellos, y es que suponen una particular forma de comunicación con los demás usando la propia piel como medio. Pero, ¿qué es lo que transmite esa conducta? ¿Nos parecen atractivos? ¿Modernos? ¿Peligrosos? ¿Atrevidos? ¿Nos sentiríamos seguros en manos de un médico tatuado? ¿En un juicio creeríamos el testimonio de alguien tatuado?

Para estudiar cómo percibimos este elemento se fotografiaron a nueve hombres de entre 19 y 35 años sin camisa, con el torso al descubierto, misma postura y sin sonrisa. Ninguno estaba tatuado, y un fotógrafo profesional añadió digitalmente un símbolo abstracto a su brazo derecho como tatuaje. Posteriormente se añadieron las fotos a una supuesta encuesta sobre el atractivo masculino y se pasó a 2369 mujeres heterosexuales y 215 hombres heterosexuales. Los participantes veían sólo una de las dos versiones de la fotografía de cada modelo al azar, asegurando que vieran como mínimo una de cada tipo, y se les pedía que evaluaran al modelo del 1 al 5 en cuanto a atractivo, salud, masculinidad, dominancia, agresividad, potencial para ser una buena pareja y potencial para ser un buen padre.

Las mujeres calificaron las versiones tatuadas de las imágenes como más sanas, pero no más o menos atractivas que las originales. A la inversa, los hombres clasificaron las versiones tatuadas de las imágenes como más atractivas, pero no más o menos sanas que las originales. Tanto hombres como mujeres calificaron imágenes de los modelos tatuados como más masculinos, más dominantes y más agresivos. Las mujeres, pero no los hombres, evaluaron a los hombres tatuados como peores parejas potenciales y  peores padres potenciales que los hombres no tatuados. Por tanto, los resultados confirman que la adición de tatuajes cambia la percepción de los demás sobre quiénes los llevan. También demuestran que los tatuajes no sólo influyen en la preferencia femenina, sino que pueden ser aún más importantes en la competencia entre hombres.

En conclusión, podemos afirmar que los tatuajes en los hombres se asocian con la masculinidad, pero principalmente con “el lado oscuro de la testosterona”: la violencia, la dominancia y la infidelidad.