Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Smiling When Distressed: When a Smile Is a Frown Turned Upside Down”, del autor Matthew E. Ansfield, de la Universidad de Lawrence, que analiza la utilización de la sonrisa en situaciones angustiosas o desagradables como máscara de las verdaderas emociones.

La gente a veces responde a las experiencias emocionales negativas de maneras aparentemente paradójicas. No es raro que en situaciones incómodas o vergonzosas la gente tienda a sonreír o a reír, como cuando te tropiezas frente a gente conocida o te cantan cumpleaños feliz y no sabes a dónde mirar mientras tanto. Tras una montaña rusa o asustarse en una película de terror, no es raro ver a la gente reír aunque en realidad estén abrumados. Incluso en algunos funerales se ha encontrado un extraño comportamiento risueño en los cónyuges. Así que, ¿por qué la gente sonríe durante experiencias bochornosas o angustiantes en lugar de mostrar sus verdaderas emociones?

Algunas teorías creen que sonreír es en realidad una “máscara” para camuflar las emociones negativas en circunstancias sociales según dictan las reglas culturales, ya que, como sabemos, las emociones son universales pero no su expresión según dónde nos encontremos, y no todas las culturas valoran de la misma forma la expresividad emocional. Sin embargo, otras teorías sugieren que se trate de una función autoreguladora, de manera que ayude a regular el ánimo y disociarse del estímulo negativo. A pesar de estas explicaciones, existe poca investigación que pruebe el papel de la sonrisa en las experiencias emocionales negativas, por ello se llevó a cabo este experimento para comparar hombres y mujeres en distintas situaciones y valorar sus reacciones emocionales.

Para la primera fase se presentaron 160 personas (80 hombres y 80 mujeres), que fueron emparejados con alguien de su mismo sexo, con alguien del sexo contrario o participó en solitario. Cada uno de los subgrupos se decidió al azar, respetando que hubiera el mismo número de personas de cada sexo en cada uno. La actividad consistía en ver cuatro clip de vídeo desagradables, cuatro divertidos y cuatro neutros, en orden aleatorio, de entre 40 y 50 segundos. Después se les pidió que evaluaran su experiencia emocional viendo los vídeos, se les encuestó sobre sus lenguaje corporal (“¿has sonreído a propósito?”, “¿te has mostrado disgustado?”) y, por último, unos evaluadores externos calificaron las reacciones que vieron en los participantes.

Como resultado, no sólo se sonreía más cuanto mayor era la intensidad de la emoción y que se hacía más cuando se estaba acompañado que solo, sino que además los hombres tenían más tendencia a enmascarar sus emociones bajo una sonrisa que las mujeres. Además, tanto hombres como mujeres sonreían más cuando estaban acompañados de un hombre que de una mujer. Además, tres de cada cuatro personas de los que sonrieron viendo los vídeos angustiosos dijeron ser conscientes de ello, pero no porque estuvieran sonriendo a propósito, sino porque trataban de no hacerlo. Por otro lado, cuando se preguntó a hombres y mujeres cómo deberían reaccionar viendo algo desagradable, el 55% de los hombres respondió que con una expresión estoica y el 41% que con disgusto, mientras que el 92% de las mujeres dijo que debían mostrar disgusto: por lo tanto, parece que los participantes sonreían a pesar de que sus creencias de que no era apropiado y de sus esfuerzos conscientes por no hacerlo.

Dado que sonreír en sustitución de una muestra de disgusto o de una expresión más apropiada a la situación que no enmascare los sentimientos reales es algo que se valora negativamente, se decidió llevar a cabo un segundo experimento para tratar de medir el efecto de cómo somos vistos por los demás cuando hacemos tal conducta. Para ello participaron 65 hombres y 65 mujeres y se les pusieron los vídeos que se grabaron de las reacciones de los participantes del primer estudio. Los vídeos no tenían audio y no se les informó de qué estaban viendo los participantes para mostrar esas reacciones, sólo que debían decir sus impresiones sobre ellos. Luego volvieron a verlos tras leer antes de cada clip de vídeo un resumen del vídeo que habían visto en esa ocasión los participantes y luego debían valorar de nuevo sus reacciones y sus impresiones sobre ellos.

Curiosamente, aunque los hombres estaban experimentando mayores dificultades emocionales, sus sonrisas parecían de diversión más que de disgusto, mientras que las mujeres se percibían más disgustadas que divertidas. Y, cuánto más parecía que alguien se divertía en lugar de pasarlo mal, más inapropiado se percibía; aunque, por otro lado, cuando un hombre hacía esto se le percibía como más masculino y dominante, como si esta conducta fuera parte del estereotipo masculino. Del mismo modo, si una mujer mostraba esa conducta se la veía como más masculina.

En conclusión, parece que podemos afirmar que la sonrisa responde tanto a la necesidad de autorregularse y por ello podíamos observarla incluso cuando los participantes estaban solos frente al estímulo negativo, como a la necesidad de enmascarar las emociones y por ello podemos ver distintas reacciones en cuanto a género, tipo de estímulo y frente a quién se encontraban. Es posible que la diferencia en cuanto a género se deba a las reglas de exhibición emocional culturales que dictaminan que los hombres deben de ser más estoicos que las mujeres y, en su defecto, no mostrar emociones negativas en público. Por tanto, los hombres deben soportar mayor carga social y su angustia es mayor ante las emociones negativas por tener que lidiar al mismo tiempo con la necesidad de ocultarlas. Por ello, los hombres sonríen más que las mujeres ante situaciones desagradables o estresantes y, contrariamente a las mujeres, parecen divertidos aunque no es así.