reconocimiento-expresiones-emociones-lactantes-club-lenguaje-no-verbal

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en ocasión les presentamos la segunda parte del artículo “Expresión facial y reconocimiento de emociones en lactantes”, de los autores Jaime Iglesias, Ángela Loeches y Juan Serrano, de la Universidad Autónoma de Madrid, que recoge una interesante revisión sobre la expresión y reconocimiento de emociones en la infancia. Debido a su extensión fue dividido en dos partes (aquí podéis encontrar la primera parte), hoy os traemos su continuación: el reconocimiento de las emociones en las expresiones faciales por los lactantes.

Los seres humanos tienen un conocimiento social temprano que se ve reflejado en la atracción visual que sienten los bebés por otros rostros. Partiendo desde supuestos neodarwinianos, el desarrollo de la expresión facial de las emociones debió haber ocurrido a la par que la necesidad de atender y responder a esas señales. Por lo tanto, si un bebé es capaz de expresar emociones también debería ser capaz de reconocerlas en otros rostros.

Para este experimento se utilizó el paradigma de la habituación visual. En primer lugar se presenta al lactante la imagen de una expresión facial hasta que se familiariza con ella y deja de prestarle atención. Entonces se le presenta una expresión diferente intercalada con la anterior. Si el niño presta atención de nuevo asumimos que las ha discriminado como diferentes, y si su atención decae otra vez al ver la expresión anterior, es que la ha reconocido.

Se utilizaron diapositivas en color de expresiones faciales de las seis emociones básicas utilizando a una única modelo, una mujer joven de la cual seleccionaron 72 poses. Las diapositivas se proyectaron en diferentes sesiones, cambiando su orden de presentación para cada niño. En cada sesión, el lactante veía dos expresiones: a la que debía habituarse y la nueva; y se le hacían tantas sesiones como combinaciones había entre las seis emociones por pares.

Se llegó a la conclusión de que los bebés discriminaban las expresiones, ya que siempre dedicaban más tiempo a observar la expresión nueva que la habituada. Y dado que siempre se utilizaba a la misma modelo alterando sólo su expresión facial, podemos achacar por entero el resultado a las emociones y no a otros factores externos como el cambio del peinado o del contorno de la cara.

Estos resultados, sumados a los de otras muchas investigaciones con niños invidentes, con síndrome de Down, estudios interculturales e incluso con primates no humanos, nos dan un fuerte apoyo a la teoría del innatismo y la universalidad de las emociones y su expresión y reconocimiento.

Aún se desconoce si otras emociones, supuestamente básicas según otros autores como el interés o el desprecio, están definidas por una expresión facial universal. Esto se debe a que todavía se ignoran los mecanismos evolutivos que dan lugar a la génesis de las expresiones faciales. Es decir, ¿por qué unos movimientos y no otros se han asociado diferencialmente a cada emoción? Hay algunas teorías al respecto. Por ejemplo, en el caso de la sorpresa, contraer el músculo frontal aumenta el campo visual y, en consecuencia, favorece la percepción. Lo que nos permitiría “ver mejor” aquello que nos han sorprendido. Sin embargo, estas justificaciones son hipótesis muy parciales que aún necesitan estudio; así que podría ser la siguiente incógnita a desvelar.