Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Some Evidence for Unconscious Lie Detection”, de los autores Leanne ten Brinke, Dayna Stimson y Dana R. Carney, de la Universidad de California, que investiga sobre la detección a nivel subconsciente del engaño.

La mentira forma parte de nuestro día a día. Desde las mentiras “piadosas”, que son herramientas pro-sociales y sin consecuencias negativas, hasta las destructivas y dañinas. Y, sin embargo, la capacidad del ser humano para detectar con precisión la mentira es de apenas el 54%. Es decir, apenas superior a decidir al azar si algo es mentira o no. No obstante, esta incompetencia para la detección del engaño no parece compatible con la teoría evolutiva. Para la adquisición de recursos relacionados con la supervivencia y la competición por los compañeros atractivos, la capacidad de mentir debería haber evolucionado junto con la capacidad de detectar el engaño.

Algunas teorías creen que erramos por la ausencia de señales estereotipadas: los mentirosos no siempre evitan la mirada o se muestran nerviosos. El hecho de que busquemos las señales equivocadas puede cubrir las mentiras, junto con la negligencia de obviar que incluso dentro de una misma persona las señales que nos indican que miente varían con el tiempo. También hay autores que creen que en épocas de abundancia y seguridad carecemos de la motivación necesaria para mantenernos alerta y detectar los engaños, lo cual encajaría en la teoría evolutiva al significar que en épocas de escasez aumentaría nuestra precisión fruto de la necesidad.

En cambio, los autores de esta investigación defendían que el problema radicaba en la mente consciente: estamos afectados por los estereotipos y los sesgos y eso afecta a nuestro análisis de la conducta ajena. Su hipótesis era dejándonos llevar de forma más intuitiva e inconsciente aumentaríamos nuestro porcentaje de acierto.

Para demostrar esto se llevaron a cabo dos experimentos. En el primero participaron setenta y dos estudiantes universitarios (51 mujeres, 21 hombres). Se les presentaba un vídeo de 12 falsos interrogatorios en el que a todos los actores se les acusaba de haber robado cien dólares. La mitad de ellos habían fingido el robo y la otra mitad no, y se les incentivó con que podrían llevarse el dinero de verdad si lograban convencer a quienes vieran el vídeo de no haber robado. Se les hacían diez preguntas con tono neutro, algunas verificables como “¿qué ropa llevas?” o “¿qué tiempo hace fuera?”, y otras relacionadas con el robo como “¿robaste el dinero?”, “¿por qué debería creerte?” o “¿me estás mintiendo?”. Cada uno de los vídeos duraba un minuto aproximadamente. Cuando se pidió a los participantes que dijeran de quién sospechaban que estaba mintiendo y quién estaba diciendo la verdad las respuestas fueron bastante inexactas: sólo fueron capaces de detectar al mentiroso en un 43% de las veces, y quién decía la verdad en el 48% de las ocasiones.

Para un segundo experimento contaron con sesenta y seis estudiantes universitarios (42 mujeres y 24 hombres) que visualizaron los mismos vídeos sobre interrogatorios del primer experimento y después se les hacía ver las caras de los sospechosos intercalados con palabras del campo semántico de la “verdad” o la “mentira” como “honesto”, “falso”, “engañoso”, “veraz”, etc. Los resultados mostraron que los participantes asociaban inconscientemente las palabras de engaño con los sospechosos que habían mentido y al mismo tiempo las palabras antónimas con los que dijeron la verdad.

Estos hallazgos podrían significar que, efectivamente a nivel inconsciente e intuitivo podemos detectar la mentira con más éxito pero nuestros procesos conscientes alteran nuestra capacidad y nos entorpecen en la detección del engaño. Sería interesante replicar estos resultados con una muestra más amplia y mayor rango de edad para evaluar con detenimiento este fenómeno a favor de la intuición.