Club del Lenguaje no Verbal

Por cortesía de la Fundación Universitaria Behavior & Law

Mes: Abril 2017

Distintos momentos, distintas situaciones: Conducta verbal vs. Conducta no verbal. Club del Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Behavioral Stability Across Time and Situations: Nonverbal Versus Verbal Consistency”, de los autores Max Weisbuch, Michael L. Slepian, Asha Clarke, Nalini Ambady y Jeremy Veenstra-VanderWeele, de la Universidad de Tufts de Massachusetts (Estados Unidos), que estudia la estabilidad y la consistencia del lenguaje no verbal frente a la comunicación verbal.

Somos conscientes de que no actuamos de la misma forma cuando estamos frente a nuestros compañeros de trabajo que frente a nuestros amigos, ni hablamos de la misma forma en el bar que en un funeral. Aunque somos la misma persona, regulamos nuestra forma de comportarnos según el momento y el contexto. Sin embargo, ¿hasta qué punto cambia de una situación a otra nuestro lenguaje no verbal? ¿Se adapta también o es mucho más automático e involuntario?

Entendemos desde la psicología que nuestra personalidad es un conjunto de rasgos y conductas relativamente estables en el tiempo y consistentes de unas situaciones a otras que modulan nuestro estilo de respuesta a lo que sucede a nuestro alrededor. La personalidad es algo distintivo y propio de cada individuo que ayuda a predecir la conducta. Pero si podemos modular nuestra forma de comportarnos, ¿hasta qué punto somos estables o consistentes realmente?

En el primer experimento se pretendía evaluar consistencia situacional, es decir, si varía la conducta de una misma persona en distintos ambientes. Para esto se grabó el comportamiento de los 41 participantes (21 mujeres y 20 hombres) en dos situaciones distintas. La primera situación era una entrevista con un investigador de edad adulta y sexo masculino vestido con ropa formal. La segunda entrevista tenía lugar con una joven que no informaba de ser investigadora y actuaba como cómplice, simulando estar siendo entrevistada también y charlando con el participante de forma más distendida. En ambas situaciones se evaluaba la expresión verbal y la no verbal y se hacía por separado: la verbal en transcripciones y la no verbal en vídeos sin sonido para evitar interferencias.

En el segundo experimento se pretendía evaluar estabilidad temporal, es decir, si varía la conducta de una misma persona en distintos momentos temporales. Para este experimento se grabó a estudiantes de medicina en dos situaciones similares, separadas por 32 meses. En ambas situaciones debían tratar a una paciente que era cómplice del experimento, de manera que la actriz podría redirigir la entrevista para que las situaciones fueran similares y además era una situación muy natural ya que los estudiantes realmente creían estar entrevistando a una paciente hasta el final del estudio y no se veían influenciados por estar en un experimento. El lenguaje verbal y no verbal se examinó de la misma forma que en el primer experimento.

Como resultados, en el primer experimento encontramos que de una situación a otra la conducta verbal variaba, es decir, no era consistente. Sin embargo, la conducta no verbal se mantenía bastante inalterada. Y en el segundo experimento encontramos algo muy similar: con el paso del tiempo el lenguaje verbal variaba, pero el no verbal se mantenía estable. Este último resultado es especialmente reseñable ya que, al tratarse de médicos en formación, podrían haber asimilado nuevas formas de comportamiento para relacionarse con los pacientes, y aun así se encontró que el lenguaje no verbal se mantuvo durante casi tres años.

En conclusión, encontramos datos muy relevantes para la psicología de la personalidad, demostrando la coherencia interna esperada y cómo nuestro lenguaje no verbal, al ser más automático y menos voluntario que el verbal, define mucho mejor nuestra forma de ser a través del tiempo y de las distintas situaciones como una huella personal.

¿Sonreír te hace menos creíble? Club Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Gender, Smiling, and Witness Credibility in Actual Trials”, de los autores Jacklyn E. Nagle, Stanley L. Brodsky y Kaycee Weeter, de la Universidad de Alabama (Estados Unidos), que estudia cómo afecta la sonrisa a la credibilidad según el género.

Sonreír es una capacidad de gran importancia para los seres humanos. Como ya vimos en otros artículos, sonreír expresa nuestras emociones e incluso cuando la sonrisa es forzada mantiene una utilidad social. Además, sonreír con mayor o menor frecuencia indica rasgos de nuestra personalidad como la extroversión o la simpatía. Sin embargo, no todo lo referente a la sonrisa es positivo. ¿Qué ocurriría si percibiéramos a las personas que sonríen como poco creíbles o menos dignas de confianza?

Por una cuestión social, las mujeres tienden a sonreír más que los hombres. Por esta razón, de alguna forma esa idea admitida en el subconsciente nos hace juzgar más duramente a un hombre que sonríe, como si violar su rol de género le diera menos credibilidad. Según algunos estudios, en un juicio es menos aceptable que sonría un testigo masculino a que lo haga uno femenino, ya que en ellas es algo “normal” pero no en ellos. El objetivo de este estudio era analizar con más precisión la influencia de la sonrisa en la credibilidad según el género.

Los investigadores usaron la Escala de Credibilidad de los Testigos (WCS) que es una herramienta para medir la credibilidad percibida a través de cuatro facetas principales que se asocian a ella: la simpatía, la confianza, la integridad y el conocimiento. Si el acto de sonreír influye en cómo nos perciben en cuanto a alguna de esas características tendría, por tanto, efecto en la credibilidad. La hipótesis principal del estudio es que sonreír afectaría en la credibilidad a través de dos de sus facetas secundarias: la simpatía y la integridad.

Se evaluaron clips de vídeo de juicios reales, tanto penales como civiles (entre los que se incluyen casos de trabajadores, agresiones, violencia doméstica, tráficos de droga y asesinatos). Los testigos fueron 22 hombres y 10 mujeres mayores de edad, de los cuales 21 eran caucásicos y 11 afroamericanos. Se contabilizaron sus sonrisas y se hizo a los participantes evaluarles en función de la Escala de Credibilidad.

De los 32 testigos observados, 23 sonrieron (72%) y 9 no (28%). Tal y como se esperaba, las mujeres sonrieron más que los hombres aunque los datos no llegaron a ser significativos, quizás por el bajo número utilizado. Sin embargo, los hombres parecían más íntegros que las mujeres. Además, los testigos que sonreían eran vistos como más simpáticos, y cuando la sonrisa era de una mujer el efecto era mayor que en los hombres. Sin embargo, las mujeres sonrientes no parecían más simpáticas que los hombres no sonrientes. Los investigadores creen que esto se debe a que de esta forma (mujer-sonrisa; hombre-serio) era congruente con las normas de género y eso favorecía la simpatía.

Es decir, contrario a las expectativas, el género y la sonrisa afectaban a la credibilidad pero de forma combinada. Los hombres eran más dignos de confianza hasta que sonreían, entonces lo eran las mujeres al parecer más simpáticas. Es decir, por desgracia, para parecer creíble hay que cumplir los estereotipos de género, pues aunque la influencia no sea muy grande, cada pequeño paso ayuda.

Los mentirosos no evitan la mirada, la buscan. Club Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Windows to the Soul? Deliberate Eye Contact as a Cue to Deceit”, de los autores Samantha Mann, Aldert Vrij, Sharon Leal, Pär Anders Granhag, Lara Warmelink y Dave Forrester, de la Universidad de Portsmouth (Reino Unido), que pone en evidencia que los mentirosos buscan el contacto visual deliberadamente durante la mentira.

Popularmente existe la creencia de que los mentirosos evitan la mirada de su interlocutor cuando hablan. Mann, en un experimento en 2004, preguntó a 99 agentes de policía cómo detectar cuando alguien estaba mintiendo y el 73% afirmó que creían que los mentirosos mirarían a otro lado al hablar. Es posible que la razón por la cual creemos que los mentirosos tienden a desviar la mirada es porque la gente suele desviar la mirada cuando está avergonzada y es posible sentirse avergonzado cuando uno hace algo moralmente reprochable como mentir. Además, también es común desviar la mirada cuando el esfuerzo mental aumenta y mentir requiere más carga cognitiva que ser sincero.

Sin embargo, también tenemos razonas para creer que los mentirosos no desviarían la mirada. Cuando intentamos persuadir a alguien tendemos a mirarle a los ojos y una mentira no es sino un intento de persuadir al otro de que estamos diciendo la verdad. Mientras que alguien que está siendo sincero y da por supuesta su credibilidad no tiene la necesidad de buscar la mirada del otro para convencerle de ella. Un mentiroso, en cambio, necesita monitorear a su interlocutor mientras habla para asegurarse de que le está creyendo y seguir construyendo alrededor de su mentira si fuera necesario.

Los estudios, en cambio, ofrecen datos contradictorios al respecto. Los autores hipotetizan que estas incongruencias puedan deberse a que, por un lado, el mentiroso desea apartar la mirada, pero por otro lado tiene la necesidad de mantener el contacto visual para parecer convincente. El resultado final es una cantidad de contacto visual similar a la de una persona sincera. Esto no implica que no podamos usar la mirada para detectar mentiras sino que hasta ahora no lo hemos hecho de la manera correcta. Por ello, la hipótesis de este estudio es que los mentirosos desean parecer convincentes y necesitan monitorear a su interlocutor y, por tanto, podremos apreciar en ellos intentos de contacto visual deliberados.

Para este experimento se utilizaron a 338 participantes, siendo en su mayoría hombres (72%) y con una edad promedio de 34 años. Las nacionalidades fueron además muy diversas, siendo 28 el mínimo de una zona continental y 46 el máximo. El procedimiento era sencillo: se esperaba a la gente a la salida de un aeropuerto internacional y se les ofrecía participar en el experimento con la posibilidad de ganar 10 libras por ello. Si accedían a ello, se les informaba de que otro investigador les iba a hacer dos preguntas. A la primera, todos debían contestar la verdad (¿a dónde vas a volar hoy?), pero a la segunda a unos se les decía que al hablar con el otro investigador debían mentir y a otros que debían decir la verdad (¿Cuál es el propósito de tu viaje?). Posteriormente el investigador trataba de juzgar si le estaban diciendo la verdad o no. El experimento duraba unos 20 minutos y ambas entrevistas eran registradas. Finalmente 177 participantes estaban en el grupo sincero y 161 en el de los mentirosos. Se confirmó más tarde que todos los que debían ser sinceros lo habían sido y que todos los que debían inventar una mentira efectivamente lo habían hecho.

Se pidió a personas ajenas a la investigación analizar las grabaciones para codificar el porcentaje de tiempo que los participantes evitaban la mirada del investigador y el que deliberadamente la buscaban. En los resultados no se encontraron diferencias significativas en cuanto a la etnia pero sí que se hallaron respecto a las miradas: las personas sinceras buscaban menos el contacto ocular que los mentirosos.

En contra de lo que habitualmente se cree, no hay diferencia entre personas sinceras y mentirosas a la hora de evitar la mirada. Sin embargo, sí que la hay a la hora de buscar la mirada del oyente, como si estuvieran valorando si resultaban creíbles o no. Así pues, es importante no usar esto como un indicador automático de engaño, es una cuestión de grado, pero este estudio aporta una interesante clave para la detección de la mentira a nivel no verbal.