Club del Lenguaje no Verbal

Por cortesía de la Fundación Universitaria Behavior & Law

Mes: Febrero 2017

Sonreír cuando estás afligido: Cuando la sonrisa significa un ceño fruncido. Club del Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Smiling When Distressed: When a Smile Is a Frown Turned Upside Down”, del autor Matthew E. Ansfield, de la Universidad de Lawrence, que analiza la utilización de la sonrisa en situaciones angustiosas o desagradables como máscara de las verdaderas emociones.

La gente a veces responde a las experiencias emocionales negativas de maneras aparentemente paradójicas. No es raro que en situaciones incómodas o vergonzosas la gente tienda a sonreír o a reír, como cuando te tropiezas frente a gente conocida o te cantan cumpleaños feliz y no sabes a dónde mirar mientras tanto. Tras una montaña rusa o asustarse en una película de terror, no es raro ver a la gente reír aunque en realidad estén abrumados. Incluso en algunos funerales se ha encontrado un extraño comportamiento risueño en los cónyuges. Así que, ¿por qué la gente sonríe durante experiencias bochornosas o angustiantes en lugar de mostrar sus verdaderas emociones?

Algunas teorías creen que sonreír es en realidad una “máscara” para camuflar las emociones negativas en circunstancias sociales según dictan las reglas culturales, ya que, como sabemos, las emociones son universales pero no su expresión según dónde nos encontremos, y no todas las culturas valoran de la misma forma la expresividad emocional. Sin embargo, otras teorías sugieren que se trate de una función autoreguladora, de manera que ayude a regular el ánimo y disociarse del estímulo negativo. A pesar de estas explicaciones, existe poca investigación que pruebe el papel de la sonrisa en las experiencias emocionales negativas, por ello se llevó a cabo este experimento para comparar hombres y mujeres en distintas situaciones y valorar sus reacciones emocionales.

Para la primera fase se presentaron 160 personas (80 hombres y 80 mujeres), que fueron emparejados con alguien de su mismo sexo, con alguien del sexo contrario o participó en solitario. Cada uno de los subgrupos se decidió al azar, respetando que hubiera el mismo número de personas de cada sexo en cada uno. La actividad consistía en ver cuatro clip de vídeo desagradables, cuatro divertidos y cuatro neutros, en orden aleatorio, de entre 40 y 50 segundos. Después se les pidió que evaluaran su experiencia emocional viendo los vídeos, se les encuestó sobre sus lenguaje corporal (“¿has sonreído a propósito?”, “¿te has mostrado disgustado?”) y, por último, unos evaluadores externos calificaron las reacciones que vieron en los participantes.

Como resultado, no sólo se sonreía más cuanto mayor era la intensidad de la emoción y que se hacía más cuando se estaba acompañado que solo, sino que además los hombres tenían más tendencia a enmascarar sus emociones bajo una sonrisa que las mujeres. Además, tanto hombres como mujeres sonreían más cuando estaban acompañados de un hombre que de una mujer. Además, tres de cada cuatro personas de los que sonrieron viendo los vídeos angustiosos dijeron ser conscientes de ello, pero no porque estuvieran sonriendo a propósito, sino porque trataban de no hacerlo. Por otro lado, cuando se preguntó a hombres y mujeres cómo deberían reaccionar viendo algo desagradable, el 55% de los hombres respondió que con una expresión estoica y el 41% que con disgusto, mientras que el 92% de las mujeres dijo que debían mostrar disgusto: por lo tanto, parece que los participantes sonreían a pesar de que sus creencias de que no era apropiado y de sus esfuerzos conscientes por no hacerlo.

Dado que sonreír en sustitución de una muestra de disgusto o de una expresión más apropiada a la situación que no enmascare los sentimientos reales es algo que se valora negativamente, se decidió llevar a cabo un segundo experimento para tratar de medir el efecto de cómo somos vistos por los demás cuando hacemos tal conducta. Para ello participaron 65 hombres y 65 mujeres y se les pusieron los vídeos que se grabaron de las reacciones de los participantes del primer estudio. Los vídeos no tenían audio y no se les informó de qué estaban viendo los participantes para mostrar esas reacciones, sólo que debían decir sus impresiones sobre ellos. Luego volvieron a verlos tras leer antes de cada clip de vídeo un resumen del vídeo que habían visto en esa ocasión los participantes y luego debían valorar de nuevo sus reacciones y sus impresiones sobre ellos.

Curiosamente, aunque los hombres estaban experimentando mayores dificultades emocionales, sus sonrisas parecían de diversión más que de disgusto, mientras que las mujeres se percibían más disgustadas que divertidas. Y, cuánto más parecía que alguien se divertía en lugar de pasarlo mal, más inapropiado se percibía; aunque, por otro lado, cuando un hombre hacía esto se le percibía como más masculino y dominante, como si esta conducta fuera parte del estereotipo masculino. Del mismo modo, si una mujer mostraba esa conducta se la veía como más masculina.

En conclusión, parece que podemos afirmar que la sonrisa responde tanto a la necesidad de autorregularse y por ello podíamos observarla incluso cuando los participantes estaban solos frente al estímulo negativo, como a la necesidad de enmascarar las emociones y por ello podemos ver distintas reacciones en cuanto a género, tipo de estímulo y frente a quién se encontraban. Es posible que la diferencia en cuanto a género se deba a las reglas de exhibición emocional culturales que dictaminan que los hombres deben de ser más estoicos que las mujeres y, en su defecto, no mostrar emociones negativas en público. Por tanto, los hombres deben soportar mayor carga social y su angustia es mayor ante las emociones negativas por tener que lidiar al mismo tiempo con la necesidad de ocultarlas. Por ello, los hombres sonríen más que las mujeres ante situaciones desagradables o estresantes y, contrariamente a las mujeres, parecen divertidos aunque no es así.

Detección de la mentira a nivel inconsciente. Club del Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Some Evidence for Unconscious Lie Detection”, de los autores Leanne ten Brinke, Dayna Stimson y Dana R. Carney, de la Universidad de California, que investiga sobre la detección a nivel subconsciente del engaño.

La mentira forma parte de nuestro día a día. Desde las mentiras “piadosas”, que son herramientas pro-sociales y sin consecuencias negativas, hasta las destructivas y dañinas. Y, sin embargo, la capacidad del ser humano para detectar con precisión la mentira es de apenas el 54%. Es decir, apenas superior a decidir al azar si algo es mentira o no. No obstante, esta incompetencia para la detección del engaño no parece compatible con la teoría evolutiva. Para la adquisición de recursos relacionados con la supervivencia y la competición por los compañeros atractivos, la capacidad de mentir debería haber evolucionado junto con la capacidad de detectar el engaño.

Algunas teorías creen que erramos por la ausencia de señales estereotipadas: los mentirosos no siempre evitan la mirada o se muestran nerviosos. El hecho de que busquemos las señales equivocadas puede cubrir las mentiras, junto con la negligencia de obviar que incluso dentro de una misma persona las señales que nos indican que miente varían con el tiempo. También hay autores que creen que en épocas de abundancia y seguridad carecemos de la motivación necesaria para mantenernos alerta y detectar los engaños, lo cual encajaría en la teoría evolutiva al significar que en épocas de escasez aumentaría nuestra precisión fruto de la necesidad.

En cambio, los autores de esta investigación defendían que el problema radicaba en la mente consciente: estamos afectados por los estereotipos y los sesgos y eso afecta a nuestro análisis de la conducta ajena. Su hipótesis era dejándonos llevar de forma más intuitiva e inconsciente aumentaríamos nuestro porcentaje de acierto.

Para demostrar esto se llevaron a cabo dos experimentos. En el primero participaron setenta y dos estudiantes universitarios (51 mujeres, 21 hombres). Se les presentaba un vídeo de 12 falsos interrogatorios en el que a todos los actores se les acusaba de haber robado cien dólares. La mitad de ellos habían fingido el robo y la otra mitad no, y se les incentivó con que podrían llevarse el dinero de verdad si lograban convencer a quienes vieran el vídeo de no haber robado. Se les hacían diez preguntas con tono neutro, algunas verificables como “¿qué ropa llevas?” o “¿qué tiempo hace fuera?”, y otras relacionadas con el robo como “¿robaste el dinero?”, “¿por qué debería creerte?” o “¿me estás mintiendo?”. Cada uno de los vídeos duraba un minuto aproximadamente. Cuando se pidió a los participantes que dijeran de quién sospechaban que estaba mintiendo y quién estaba diciendo la verdad las respuestas fueron bastante inexactas: sólo fueron capaces de detectar al mentiroso en un 43% de las veces, y quién decía la verdad en el 48% de las ocasiones.

Para un segundo experimento contaron con sesenta y seis estudiantes universitarios (42 mujeres y 24 hombres) que visualizaron los mismos vídeos sobre interrogatorios del primer experimento y después se les hacía ver las caras de los sospechosos intercalados con palabras del campo semántico de la “verdad” o la “mentira” como “honesto”, “falso”, “engañoso”, “veraz”, etc. Los resultados mostraron que los participantes asociaban inconscientemente las palabras de engaño con los sospechosos que habían mentido y al mismo tiempo las palabras antónimas con los que dijeron la verdad.

Estos hallazgos podrían significar que, efectivamente a nivel inconsciente e intuitivo podemos detectar la mentira con más éxito pero nuestros procesos conscientes alteran nuestra capacidad y nos entorpecen en la detección del engaño. Sería interesante replicar estos resultados con una muestra más amplia y mayor rango de edad para evaluar con detenimiento este fenómeno a favor de la intuición.

La importancia del contexto durante el flirteo. Club del Lenguaje No Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Is This Seat Taken? The Importance of Context During the İnitiation of Romantic Communication”, de los autores Kerry Anne McBain, Lena Hewitt, Teagan Maher, Melinda Sercombe, Shannon Sypher y Grace Tirendi, de la Universidad James Cook (Australia), que investiga sobre la relación entre el flirteo y el contexto en el que tiene lugar.

“¿Qué tal? ¿Puedo invitarte a una copa?” A veces el flirteo es obvio y otras veces es sutil. Cuando alguien coquetea está comunicando a la otra persona señales de atracción y por lo general son estrategias indirectas, de manera que se pueda sortear un rechazo directo si la otra persona no corresponde el deseo. Sin embargo, no solo podemos encontrar distintas formas de flirteo sino que también podemos mostrar propensión a hacerlo en diferentes sitios según nuestro estilo y nuestro sexo.

Sabemos que existen cinco estilos de flirteo: el tradicional, el cortés, el sincero, el físico y el juguetón. El estilo tradicional, a grandes rasgos, cumple las expectativas de género convencionales para cada sexo y se espera que sea el hombre quien haga el primer movimiento; siendo además propio de gente introvertida. El estilo cortés es más cauteloso; quiénes usan este estilo dirigen su coqueteo a menos posibles parejas, utilizan una comunicación no sexual (evitando ser abiertamente sexuales o inapropiados) y prefieren una conexión emocional y segura; por ello son personas que se toman su tiempo para conocer a la otra persona y su coqueteo es sutil e incluso imperceptible en ocasiones.

Para el estilo sincero desarrollar una conexión emocional y un interés sincero es la clave central para iniciar el coqueteo. Aquellos a los que se les atribuye este estilo son más propensos a acercarse a una pareja potencial, consideran los flirteos como un halago y creen que continuamente están coqueteando con ellos. Este estilo se asocia con el desarrollo de conexiones emocionales fuertes, alta química sexual y relaciones significativas y duraderas. No es propio de ellos coquetear para una sola noche. El estilo físico es el más competente expresando sus deseos físicamente y se siente cómodo con ello. Buscan una conexión emocional y una forma juguetona de iniciar el coqueteo. Estas personas tienen poca dificultad en hacer saber su interés a la otra persona y están ansiosos por participar en conversaciones personales y privadas. Por último, el estilo juguetón es visto como divertido y no va necesariamente vinculado al desarrollo de una relación romántica. Para las personas que tienen este estilo el objetivo es divertirse, no están interesados en relaciones profundas y no están particularmente preocupados por ser malinterpretados por los demás.

También se ha estudiado que el contexto puede ser importante a la hora de flirtear, aunque menos ampliamente. Es por ello que es el objetivo de este estudio adentrarse en la relevancia del ambiente y para ello se analizó el estilo de flirteo junto al coqueteo en diversos contextos: bar, contexto educativo, supermercado, gimnasio, oficina, transporte público, fiesta y citas rápidas.

Para esta investigación se utilizaron a 697 personas (206 hombres y 491 mujeres) con edades entre 18 y 73 años, de los cuales el 43,5% estaban solteros, el 34% en una relación y el 22,5% casados. Además, el 52% eran estudiantes universitarios y el 48% población general. La participación se llevó a cabo de manera online y tomaba unos 20 minutos aproximadamente. Además de los datos demográficos, debían rellenar dos cuestionarios: el Inventario de Estilos de Flirteo (FSI) y el Cuestionario de Comportamientos de Flirteo en Contexto (FBCQ).

Encontramos que cuando se pedía a los participantes que eligieran qué estilo de flirteo encajaba más con ellos, el 40% eligió el físico, el 43% el sincero, un 7% el juguetón, otro 7% el tradicional y el 3% restante el cortés. Para cada uno de estos estilos encontramos lo siguiente:

  • Estilo tradicional: Como decíamos al principio, son introvertidos y no están abiertos a nuevas experiencias ni se sienten cómodos en un papel social. Son más propensos a encontrarse en clubs que en bares, porque no consideran que en un bar pueda surgir una relación comprometida. Las mujeres de este estilo carecen de confianza, tienen dificultades para identificar el potencial de una relación y les cuesta desarrollar una conexión emocional dado que les resulta complicado tener conversaciones privadas y personales incluso estando interesadas en la persona. Por otro lado, los hombres son más propensos a conocer a la persona antes de acercarse de forma romántica. Cuando flirtean en una fiesta, un bar, el trabajo o un ambiente educativo es poco probable que usen el lenguaje corporal para señalar interés; y es muy poco probable verles flirteando en lugares como un supermercado.
  • Estilo físico: Son confiados, extrovertidos y abiertos a nuevas experiencias. Es gente que se siente cómoda flirteando en fiestas, bares, entorno educativo, en el gimnasio, en el supermercado o en citas rápidas. En cuanto al género, los hombres además eran más propensos a flirtear también en el transporte público que las mujeres.
  • Estilo juguetón: Este estilo busca subir el autoestima de quienes lo tienen. Son personas extrovertidas, despreocupadas con los demás y no muy educados ni cautelosos en sus acercamientos para coquetear. Los resultados muestran que pueden flirtear en cualquier ambiente indiscriminadamente pero evitarán situaciones diseñadas para mostrar un interés sincero. En cuanto a género, los hombres se mostraron más propensos que las mujeres a adoptar este enfoque lúdico en el ambiente de trabajo, en un entorno educativo, en el transporte público y en el supermercado.
  • Estilo sincero: Es un estilo extrovertido y más común en mujeres y se relaciona bien con personas de estilo educado o físico, aunque no con el juguetón y el tradicional. Son personas cautelosas pero sin problema para interrelacionarse en cualquier contexto. En una fiesta, ellos preferirían ser presentados (al igual que en el estilo tradicional) pero harían uso del lenguaje corporal (como el estilo físico) para demostrar interés a su interlocutor. El uso de lenguaje físico también sería común en contextos como el gimnasio. Sin embargo, analizando por sexos, los hombres utilizan generalmente este estilo en el supermercado o en el transporte público más que las mujeres.
  • Estilo cortés: Son siempre cautelosos en todos los entornos y por lo general prefieren entablar conversación con alguien en lugar de usar el lenguaje corporal para demostrar interés. Sin embargo, harán uso del lenguaje corporal (estilo físico) cuando flirtean en un entorno educativo. No se encontraron diferencias de género en el uso de este estilo para ninguno de los entornos evaluados.

En general, los datos del estudio son interesantes pero deben tenerse en cuenta las limitaciones de la muestra: el 80% eran menores de 25 años y la mayoría de ellos solteros, imposibilitando así la generalización. Además de que no todos los estilos estaban en la misma proporción. Sería relevante replicar los resultados subsanando esos puntos para poder generalizar las conclusiones.

Los efectos sociales y culturales en la sonrisa infantil durante el juego. Club Lenguaje No Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Children’s Nonverbal Displays of Winning and Losing: Effects of Social and Cultural Contexts on Smiles”, de los autores Phoebe H. C. Mui, Martijn B. Goudbeek, Marc G. J. Swerts y Arpine Hovasapian, en un estudio conjunto de la Universida de Tilburg (Países Bajos) y la Universidad de California, que sugieren que las sonrisas de los niños son susceptibles a factores sociales y culturales.

Imaginemos a un niño jugando: Sonríe cada vez gana pero se enfurruña cada vez que pierde. No es sorprendente ya que es lo que cabe esperar de un niño. Pero pongamos que el niño no está jugado solo, hay más niños con él. ¿Seguiría mostrando sus emociones de la misma forma ante los otros niños? Hacerlo podría implicar afectar al buen ambiente del juego. ¿Acaso no es desagradable que un amigo se enfade cuando le ganamos? Al jugar en equipo somos, en parte, responsables de mantener la armonía y la cohesión pero algunas sociedades ponen por encima la expresión personal y las metas individuales.

Desde muy pequeños, los niños adhieren connotaciones sociales a su sonrisa. Otros estudios han demostrado que los niños ríen más ante estímulos humorísticos si hay otros niños presentes; y que muestran sonrisas más amplias abriendo un regalo no deseado delante del experimentador que estando a solas. Así que, la forma de sonreír e interactuar de los niños durante el juego podría estar depender de su formación cultural.

Para probar esta hipótesis se llevó a cabo un experimento cuyos participantes fueron 55 niños de origen chino (siendo 34 de ellos varones) y 31 holandeses (de los cuales, 23 eran varones). Todos tenían ocho años de edad y se contaba con el consentimiento de sus padres y profesores.

Se decidió que la tarea experimental fuera un juego para obtener de los niños las expresiones faciales asociadas a ganar o perder. Los niños fueron aleatoriamente a una de las dos condiciones: jugar solo (15 niños holandeses y 13 chinos) o emparejados (16 parejas holandesas y 21 chinas). Las parejas estaban conformadas por niños del mismo sexo y debían cooperar. Los niños estaban sentados frente a una pantalla de ordenador, sobre la cual había una cámara registrando sus expresiones durante el juego. Sin embargo, para el análisis sólo se tenía en cuenta a uno de los niños de la pareja, elegido al aleatoriamente. Las instrucciones del juego se les daban en su lengua materna (holandés o chino) para asegurarse que eran entendidas.

El juego consistía en ir sacando cartas y se debía adivinar si la siguiente sería mayor o menor. Sin embargo, el juego estaba amañado para que cada niño al menos ganara dos veces y perdiera dos veces. Esto era así porque para los análisis se utilizaban nada más que la grabación de la expresión facial durante la segunda victoria y durante la segunda derrota. Evitándose así expresiones menos efusivas a medida que avanza el juego por perder el interés. Para evaluar las expresiones de los niños se utilizó el código FACS, que identifica la presencia e identidad de los músculos faciales.

Se encontró que, efectivamente, se sonreía más estando en pareja que a solas. Luego, comparando por culturas, se observó que los niños chinos que jugaban en parejas sonreían más que estando a solas, un efecto social que no ser observó en los niños holandeses. Esto encaja con la teoría de que una sociedad más estricta y colectiva (China) antepondrá al grupo por encima de uno mismo como ocurre con sociedades más flexibles e individualistas (Holanda). Fue curioso, sin embargo, que no afectaba a la sonrisa el hecho de ir ganando o perdiendo en el juego. Quizás debido a que, tanto niños como adultos, sugieren en momentos de desconcierto, como puede ser cuando se pierde de forma inesperada.

En conclusión, estos hallazgos sugieren que las sonrisas de los niños en un contexto competitivo son susceptibles a los factores sociales y culturales. Quizás sería interesante desarrollar estos resultados con otras emociones como la tristeza o incluso replicarlo en adultos para comprobar el efecto de ambas variables en la otro tipo de muestra.