Club del Lenguaje no Verbal

Por cortesía de la Fundación Universitaria Behavior & Law

Mes: Marzo 2014

Apoyo (verbal y no verbal) de los padres a sus hijos con cáncer. Club del Lenguaje no Verbal.

APOYO (VERBAL Y NO VERBAL) DE LOS PADRES A SUS HIJOS CON CANCER. CLUB DEL LENGUAJE NO VERBAL.

Importancia del contacto físico de los padres con sus hijos enfermos de cáncer. Club del Lenguaje no Verbal.

Estimados seguidores del Club del Lenguaje no Verbal, el artículo fruto de Amy M. Peterson, Christine M. Keller, Michael C. Naughton, Tanina S. Foster (Instituto del Cáncer Barbara Ann Karmanos, Detroit, EE.UU.); Rebecca J. W. Cline, Louis A. Penner, Terrance L. Albrecht (Instituto del Cáncer Barbara Ann Karmanos y Departamento de Medicina Familiar y Ciencias de la Salud Pública, de la Universidad Estatal de Wayne, Detroit, EE.UU.); Roxanne L. Parrott (Departamento de Artes de Comunicación y Ciencias de la Universidad Estatal de Pennsylvania, EE.UU.); Jeffrey W. Taub (División de Hematología / Oncología Pediátrica del Hospital de Niños de Michigan y Departamento de Pediatría de la Universidad Estatal de Wayne, Detroit, EE.UU.) y John C. Ruckdeschel(Instituto del Cáncer Barbara Ann Karmanos y División de Medicina Interna de la Universidad Estatal de Wayne, Detroit, EE.UU.), que hoy presentamos aborda un tema que no nos deja impasibles, ya que alude al doloroso y difícil camino que tienen que recorrer los niños que sufren cáncer. Reconforta y es de agradecer el hecho de que el presente artículo se centre en el estudio e investigación de vías de apoyo (verbal y no verbal) especialmente de los padres a sus hijos que permitan paliar la angustia de estos pequeños y hacerles, en la medida de lo posible, más fácil de llevar la pesada mochila que esta enfermedad les ha endosado.

Aproximadamente 12.400 menores de 20 años, en Estados Unidos, son diagnosticados de cáncer cada año, y 3 de cada 4 sobreviven, al menos 5 años. Con todo, a pesar de esta mejora en la tasa de supervivencia, el 25-30% de los sobrevivientes tienen problemas psicosociales significativos (Patenaude y Kupst, 2005). Los niños enfermos de cáncer muchas veces consideran que el tratamiento es más doloroso que el cáncer en sí mismo. Así, el comportamiento de los padres antes y durante el tratamiento médico influye considerablemente en la capacidad de los niños para afrontarlo. Poco se sabe en relación al comportamiento no verbal de padres y cuidadores y a su influencia como apoyo directo a los menores enfermos de cáncer.

En este artículo se analiza la distancia interpersonal de los cuidadores con los niños así como la importancia del contacto físico con estos durante los procedimientos de oncología pediátrica especialmente dolorosos. Se analiza, también, la relación entre las conductas de los cuidadores y el dolor y angustia experimentado por los niños.

Cline y colaboradores (2006) en una reciente investigación, concluyó que el estilo de comunicación, con apoyo verbal y no verbal de al menos uno de los padres, minimizaba el dolor del niño enfermo. A pesar de esto, la literatura actual nos lleva a dos hipótesis opuestas:

La primera posición es que el apoyo social del cuidador aumenta la angustia del niño. Al centrar el apoyo y la atención por parte de los adultos en los momentos de mayor dolor, aumenta la angustia del niño, que siente a su vez la angustia de los adultos.
La segunda posición asegura que el apoyo social reduce la angustia del niño, comprendiendo su dolor y asociándote con el menor para abordar el procedimiento, juntos.

Estas contradicciones, según los autores de esta investigación, se deben a una falta de marco conceptual claro (en las definiciones de empatía o confianza, por ejemplo) y a un enfoque poco teórico, de los análisis realizados. Así, el apoyo social incluye tanto los mensajes verbales como los no verbales, que en todo caso ayudan a los demás a manejar la incertidumbre, a aumentar la percepción de control y, por lo tanto, reducir el estrés. Estos mensajes pueden expresar cariño, preocupación o manifestarse a través de la propia presencia (estar a su lado), a través de un abrazo, etcétera. La comunicación de cercanía física o psicológica y la disponibilidad inmediata entre las personas, también en el ámbito no verbal, es uno de los mensajes de apoyo emocional más importantes. Esta inmediatez se puede expresar, en el contexto de la comunicación no verbal, a través de una postura de compromiso, con una inclinación hacia delante, hacia nuestro interlocutor, disminuyendo la distancia interpersonal al mínimo, usando el tacto y la mirada, para transmitir interés, implicación y calor (Andersen, 1985; Andersen y Andersen, 2005). Por el contrario, la falta de contacto físico y la calidad del mismo, se ha asociado en la literatura, con problemas de salud mental de los niños. Con todo, la presencia de los padres en el momento de realizar los procedimientos más invasivos, es una de las herramientas más útiles para disminuir la angustia de los niños. Así, en ausencia de sus padres, los esfuerzos de los niños para reprimir las emociones solamente añaden más estrés al proceso o tratamiento.

Por otra parte, ser tocado por un adulto puede ayudar a un niño a sentirse seguro, cuidado y consolado durante un procedimiento médico doloroso, y disminuir su angustia (Vannorsdall, Dahlquist, Pendely y Power, 2004). En este caso, es importante que sean sus padres o personas de confianza de los niños, ya que Vannorsdall y colaboradores (2004) encontró que el uso del tacto por parte del personal médico durante una intervención, se asociaba con un aumento de la angustia del niño.

En el estudio realizado por los autores de este artículo, se analizaron los comportamientos de 29 niños (17 chicos y 12 chicas) de edades comprendidas entre los 3 y los 12 años, que se encontraban recibiendo tratamiento por cáncer. 4 hombres y 25 mujeres fueron analizados en su papel de cuidadores, siendo 21 madres, 4 padres, 2 abuelas y 1 prima. Se grabaron las sesiones de tratamiento en vídeo, sesiones de duración variable (desde 11 minutos hasta casi 4 horas). La codificación de los comportamientos se realizó, en el caso de la distancia interpersonal, según la tipología de Hall (1969) adaptada a una habitación pequeña. Las distancias personales se basaron en una distancia interpersonal en relación a la cabeza del niño. Así, por ejemplo, una distancia íntima se consideraba si la cabeza del cuidador estaba a menos de 12 centímetros de la cabeza del niño. En relación al tacto, se codificó en 3 categorías: táctil (cualquier contacto), no táctil (el cuidador está a una distancia con la que podría tener lugar el contacto, pero no se produce) y desconocido (no se observa, obstruido, no codificable). Se codificaron en dos funciones relevantes, contacto instrumental, cuando estaba asociado a una tarea (por ejemplo, sujetar al niño) y contacto de apoyo (potencialmente reconfortante o de apoyo emocional).

Los resultados obtenidos se observó que los niños más pequeños fueron tocados más que los mayores, sobre todo diferenciados por el contacto instrumental. Esto es debido a que cuanto más pequeño sea el niño, los cuidadores tienen la seguridad de que van a estar más angustiados. Sí se observó en todos los casos que el apoyo no verbal (contacto físico) no aumenta la angustia del niño, sino que lo que ocurre es que muchas veces el contacto físico se produce sobre un niño previamente angustiado.

Así, podemos observar que tanto el comportamiento verbal como no verbal es fundamental para afrontar de manera más segura un proceso doloroso, tanto para un niño como para un adulto. Con todo, se abren interesantes vías de investigación en relación a la presencia de familiares de apoyo para los menores, durante los tratamientos hospitalarios, y también de los trabajadores médicos en su relación con los niños enfermos.

Club del Lenguaje no Verbal

Traducción: Nahikari Sánchez

Edición: Belén Alcázar

Diferencias expresivas alrededor del mundo. Club del Lenguaje no Verbal

Diferencias en la manifestación de las emociones en el mundo. Club del Lenguaje no Verbal

Diferencias en la manifestación de las emociones en el mundo. Club del Lenguaje no Verbal

El artículo, que en esta ocasión, queridos amigos del Club del Lenguaje no Verbal, nos place ofrecerles, trata de examinar las diferencias culturales (individual versus colectivo) en las reglas de manifestación de la expresión emocional en situaciones sociales. Este interesante artículo se lo debemos a David Matsumoto de la Universidad Estatal de San Francisco (Estados Unidos), con el cual tenemos el honor de estar trabajando en la actualidad desde la Fundación Behavior & Law, Seung Hee Yoo de la Universidad de Yale (Estados Unidos) y Johnny Fontaine de la Universidad de Gante (Bélgica). El equipo de investigadores analizó más de 5000 sujetos, a través de encuestas, de un total de 32 países. Así, examinaron cinco hipótesis relativas a la relación entre la normativa de presentación establecida y el individualismo/colectivismo de cada sujeto. Los resultados obtenidos presentan la existencia de varios efectos universales y un efecto general de regulación de las expresiones.

Ekman y Friesen (1969) mostraron reglas y normas culturales que determinaban la gestión y la modificación de ciertas manifestaciones emocionales, dependiendo de las circunstancias sociales en las que se encontraba el sujeto. Así, realizaron estudios en los que comparaban el comportamiento de estadounidenses y japoneses ante situaciones estresantes, con y sin presencia de un superior. Cuando se encontraban solos ante el estímulo estresante, la manifestación emocional de ambos era similar, pero cuando estaban ante un superior, los japoneses eran más propensos a reír. Estos resultados fueron interpretados a través de las diferencias culturales que hacen que los japoneses sientan que deben enmascarar sus emociones negativas ante una persona de estatus superior.

Hasta la realización de la presente investigación, no se había realizado con anterioridad una evaluación exhaustiva de las normas de comportamiento emocional, a lo largo del mundo. Matsumoto define la cultura como un sistema de significados que engloba la información que se transmite a través de generaciones. Una de las principales funciones de la cultura es evitar el caos social y mantener un orden, cuyo objetivo se consigue a través de la creación de ciertas normas de comportamiento. Normas que nos proporcionan pautas para pensar, sentir y actuar en diferentes contextos y situaciones. Estas normas potencian a su vez la eficacia del grupo social, aumentando las posibilidades de supervivencia. Con todo, las normas regulan los comportamientos y las emociones son una fuente de motivación para los comportamientos debido a que los comportamientos, a su vez, están asociados a la regulación de las emociones. Las emociones, al fin y al cabo, son reacciones neurofisiológicas y psicológicas que nos ayudan a la adaptación ante problemas de coordinación social (Keltner y Haidt, 1999; Levenson, 1999). Así, podemos observar que uno de los objetivos fundamentales de la cultura es el de facilitar el desarrollo de normas para la correcta expresión emocional. Así, las culturas individualistas fomentan el desarrollo de metas personales, de la racionalidad y del intercambio interpersonal. Sin embargo, las culturas colectivas, potencian la interdependencia personal y las relaciones comunitarias. Las emociones tienen mayor significado intrapersonal en las culturas individualistas (sentimientos personales, libertad de expresión, etc.), aunque las emociones negativas pueden poner en peligro la cohesión del grupo y las positivas unir a la gente.

En el presente estudio, la muestra de la investigación estaba compuesta por estudiantes universitarios voluntarios que procedían de 32 países. Para poder estudiar las normas que rigen el despliegue de emociones en situaciones sociales, se les pidió que realizasen el cuestionario DRAI (Display Rule Assessment Inventory), que contenía diferentes visualizaciones en una amplia gama de contextos y emociones, permitiendo una evaluación de diferentes respuestas de comportamiento. Las emociones eran las siguientes: ira, desprecio, asco, miedo, alegría, tristeza y sorpresa. Las interacciones fueron: a solas, con su padre, su madre, hermano mayor, hermana mayor, hermano menor, hermana menor, un amigo, una amiga, un conocido, una conocida, un estudiante masculino de un curso superior, un estudiante masculino de su misma clase, un estudiante masculino de un curso inferior, el profesor y la profesora más viejos y el profesor y la profesora más jóvenes. Todos los voluntarios contaron con definiciones y ejemplos de cada una de las siete emociones.

Los resultados fueron muy interesantes. En efecto, las personas en todas las sociedades hacen diferenciaciones sociales de acuerdo con la distinción “dentro de mi grupo/fuera de mi grupo”, manifestando sus emociones más intensamente cuando se encuentran dentro de su grupo. El desprecio, el asco y el miedo, fueron las emociones menos utilizadas tanto con interactuantes del propio grupo, como de fuera del mismo. Esto puede ser debido a que estas emociones, sobre todo el desprecio y el asco, se consideran perjudiciales para las relaciones sociales (Gottman y Levenson, 1992, 2000; Rozin, Lowery, Imada y Haidt, 1999). Dentro de las emociones negativas, la tristeza fue la emoción más elegida, sobre todo dentro del grupo. Este resultado se explica debido a que las señales de tristeza o angustia, son signos asociados a la vulnerabilidad (Izard, 1994). El propio grupo, por lo tanto, permite expresar más abiertamente la vulnerabilidad, que a su vez puede ser considerada como una llamada de socorro, y solicitud de ayuda para sus miembros.

Así, la relación entre la cultura y la manifestación de las emociones varía en función de la emoción, el interactuante y los niveles generales de expresividad. Los miembros de culturas individualistas avalan más la expresión de emociones, mientras que los miembros de culturas colectivistas las avalan en menor medida. A pesar de esto, las diferencias entre culturas individualistas y colectivistas se observaron con mayor claridad cuando se analizaron dentro de las propias culturas.

Traducción: Nahikari Sánchez

Edición: Belén Alcázar

Club del Lenguaje no Verbal, 2014

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