Club del Lenguaje no Verbal

Por cortesía de la Fundación Universitaria Behavior & Law

Mes: Enero 2014

Confesiones inducidas por la policía: Factores de riesgo y recomendaciones para la detección de mentiras. Club del Lenguaje no Verbal.

Detección de mentiras en las confesiones inducidas por la policia. Club del Lenguaje no Verbal.

Detección de mentiras en las confesiones inducidas por la policia. Club del Lenguaje no Verbal.

Estimados amigos del Club del Lenguaje no Verbal, debido a la gran trascendencia del asunto nos satisface poder presentarles este interesante artículo en el que se nos detalla cuáles son los factores de riesgo más importantes para evitar las falsas confesiones inducidas por la policía. Este fascinante artículo se debe al profundo estudio y análisis tanto de la literatura existente hasta el momento actual, como de la casuística en relación a las confesiones inducidas por la policía realizada por el siguiente grupo de expertos: Saul M. Kassin de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (USA), Steven A. Drizin de la Universidad de Chicago (USA), Thomas Grisso de la Universidad de Massachusetts (USA), Gisli H. Gudjonsson del Instituto de Psiquiatría de Londres (UK), Richard A. Leo de la Universidad de San Francisco (USA), Allison D. Redlich de la Universidad Estatal de Nueva York en Albany (USA).

Debido a las continuas exoneraciones de condenados que, siendo inocentes, confesaron haber cometido diferentes crímenes, se ha observado que dichos sujetos tenían unas características en común, como el hecho de ser muchos de ellos adolescentes, tener algún tipo de discapacidad intelectual o la presencia de ciertos rasgos de personalidad. Asimismo, las técnicas de interrogatorio más frecuentemente utilizadas en aquellos casos de confesiones falsas demostradas, tenían una mayor duración temporal y en las mismas estaban involucradas pruebas falsas presentadas por los agentes en el caso. Por ello, los autores del presente artículo nos recomiendan, por estas y otras muchas razones, la grabación electrónica como protocolo obligatorio en la puesta en marcha de los interrogatorios.

A día de hoy se estima que en entre el 15 y el 20 % de los casos en los que se ha exonerado al culpable, mediante una prueba de ADN, había existido una falsa confesión (Garrett, 2008; Scheck, Neufeld y Duyer, 2000). Sin embargo, debemos tener en cuenta que este porcentaje será mucho mayor ya que solamente conocemos la punta del iceberg del problema aquí presentado. Ésta, junto con la identificación errónea por parte de un testigo, son las causas más comunes de una condena injusta, como también lo son el defecto en evidencia forense, o el falso testimonio de informadores. Así, los estudios relativos a las confesiones falsas plantean que se remontan a los juicios de las brujas de Salem, uno de los primeros casos documentados.

En 1989, Gary Dotson fue la primera persona inocente, exculpada por ADN. Dos décadas después, ya son más de doscientas las personas que han sido exculpadas, algunas de ellas condenadas a pena de muerte. De todos estos casos, entre el 15 y el 20% son condenados a partir de una falsa confesión, inducida por la policía. Una confesión falsa es la admisión de un acto criminal, acompañado generalmente por una narración de cómo y por qué ocurrió el crimen, que el confesor no cometió. Se puede determinar que dicha confesión es falsa si posteriormente se determina que el crimen que se creía hecho, no existió, si la evidencia muestra que es físicamente imposible que sea culpable (por ejemplo, si se sitúa al autor a miles de kilómetros del lugar del suceso), si se detiene al verdadero autor no teniendo éste ninguna conexión con el falso confesor, o si la evidencia física nos revela que no es posible, a través de sangre, semen, saliva… etcétera.

Drizin y Leo (2004), analizaron más de 125 casos de falsa confesión probada entre los años 1971 y 2001. En el 93% de los casos se trataba de hombres. El 81% eran casos de asesinato, el 8% de violación y el 3% de incendios. De estos, el 74% se exoneraron al identificar al verdadero perpetrador, y en un 46% se descubrieron nuevas evidencias. De entre éstos, el 63% eran menores de 25 años y un 32% menores de 18 años. En un 22% de los casos, los falsos confesores tenían algún tipo de retraso mental y en un 10% una enfermedad mental diagnosticada. Con todo, en la actualidad, ninguna organización gubernamental o privada mantiene un registro de confesiones falsas, por lo que la información disponible no es completa.

La Corte Suprema de EEUU ha reconocido que la confesión es la evidencia más poderosa de culpa. Es por este motivo que, desde hace siglos, los agentes de la ley han abusado de su poder en la sala de interrogatorios, siendo conscientes de este hecho. A finales del S XIX hasta 1930, la policía de EEUU empleaba el llamado “tercer grado”, utilizando el dolor físico o mental con el objetivo de obtener confesiones y otro tipo de información de los sospechosos de un determinado crimen. Se englobaban aquí desde la violencia física, la tortura, el confinamiento, las amenazas… Desde 1930 hasta 1960 el uso del “tercer grado” ha disminuido considerablemente, siendo excepción y no regla. En estos años se amplió el uso del interrogatorio orientado psicológicamente mediante métodos de detección de mentiras y técnicas interrogativas psicológicas que ya empiezan a aparecer en los manuales. Sin embargo, los interrogatorios muchas veces se basan en una “corazonada” a través de una entrevista previa. Este hecho debe preocuparnos, ya que según diferentes estudios solamente el 54% de los agentes son capaces de distinguir la verdad del engaño, por intuición. El objetivo del interrogatorio es obtener declaraciones incriminatorias, admisiones y una confesión completa (Leo, 2008). Está diseñado para inducir al estrés mediante la sensación de aislamiento y aumentar la ansiedad del sospechoso así como la sensación de desesperación asociada con la negación de la confesión. Inban y colaboradores (2001) describen la técnica REID, recomendando el aislamiento inicial del sospechoso en una pequeña habitación privada (para aumentar la ansiedad y las ganas de escapar). A continuación, por un lado se le acusará con diferentes afirmaciones basadas en evidencia (real o ficticia) y por otro lado se le ofrecerá simpatía y justificación moral, ofreciendo la confesión como el medio más conveniente de escape. Kassin y McNall (1991) fueron los impulsores de estas técnicas de minimización y maximización. Se trataría de un factor de riesgo situacional, junto al tiempo del interrogatorio y la presentación de pruebas falsas. El tiempo medio del interrogatorio se sitúa entre los 30 minutos y las dos horas. Las falsas confesiones tienden a ocurrir después de largos periodos de tiempo. La estratagema de presentación de pruebas falsas, es una táctica controvertida usada ocasionalmente por la policía y no aprobada por todos los expertos, ya que está implicada en una gran mayoría de falsas confesiones.

Por otro lado, no debemos olvidar que diferentes estudios han dado como resultado que son los adolescentes y discapacitados quienes tienen más problemas en comprender sus derechos en el interrogatorio. Estaríamos aquí ante diferentes factores de riesgo disposicionales. Además de la edad del sospechoso (ser menor), englobaría el deterioro mental (enfermedad y/o retraso mental). El 44% de los menores exonerados y el 69% de los discapacitados fueron injustamente condenados por confesiones falsas.

Con todo, a pesar de contar con reglas, como la regla de corroboración y la regla de confiabilidad, los autores nos muestran su preocupación por las condiciones en las que hoy en día se realizan los interrogatorios. La principal recomendación realizada para evitar falsas confesiones, y por lo tanto falsas condenas, es el uso generalizado de la grabación digital de los interrogatorios, en todo caso, evitando así, la posible manipulación de las confesiones.

Traducción: Nahikari Sánchez

Edición: Belén Alcázar

Club del Lenguaje no Verbal, 2014

El lenguaje no verbal en terapia: el papel del contacto físico. Club del Lenguaje no Verbal.

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El contacto físico en terapia como medio de comunicación no verbal

Apreciados lectores, el artículo que hoy presentamos aborda el interesante papel del contacto físico en la terapia como complemento importante de la comunicación no verbal entre el terapeuta y el paciente, de los autores Beverly G. Willison de la Universidad de Pensilvania (California, Estados Unidos)  y Robert L. Masson de la Universidad de Virginia Occidental (Morgantown, Estados Unidos)

El contacto físico, el tacto, a pesar de ser un poderosísimo estímulo no verbal (y por lo tanto de comunicación), no ha recibido hasta hoy mucha atención desde el mundo académico. Se trata de un aspecto de la comunicación  con fuertes tabúes asociados, sobre todo provenientes de la época psicoanalítica. Los autores de este estudio analizan qué papel juega el contacto físico, el tacto, en la relación existente entre el terapeuta y el paciente. Así, en este artículo se analiza, basándose en una adecuada revisión sistemática y en datos clínicos, tanto los efectos positivos como negativos del contacto físico a la hora de establecerlo en el ámbito profesional terapéutico.

A día de hoy los resultados publicados no son concluyentes, aunque si podemos contar con indicios de que, si utilizamos el contacto físico de manera adecuada, este tiene un efecto positivo en el paciente y su evolución. Además, hay que tener en cuenta que en todo caso no contamos con evidencia en sentido contrario, de posibles efectos negativos (o si existe, esta es muy pequeña).  A pesar de estos resultados en relación con la revisión de la literatura, muchos son los investigadores que mantienen una posición conservadora a la hora de utilizar el contacto físico en el ámbito profesional. Por ello, los autores de este artículo proponen algunas directrices de gran interés para el uso adecuado del contacto físico, recomendando siempre que, antes de su uso generalizado, dispongan de formación previa.

En la revisión de la literatura realizada por estos autores, encontramos que el contacto terapéutico puede abarcar desde el simple contacto de las manos, hasta un gran abrazo. Bacorn y Dixon (1984) definieron el tacto como el contacto físico entre las manos, los brazos, los hombros, las piernas o la parte superior de la espalda, entre el terapeuta y el paciente. En relación a la intensidad, duración y frecuencia de este contacto físico, Wheaton y Dixon (1984) dijeron que debe ser lo suficientemente largo para establecer un contacto firme, pero no tan largo como para crear una sensación incómoda. Los resultados del análisis de investigación en relación al contacto físico realizado por Whitch y Fisher (1979) desvelaron que la respuesta al mismo es diferente en el caso de hombre y de mujeres. En un análisis realizado en un entorno preoperatorio hospitalario, por parte de enfermeras, se observó que los hombres percibían el contacto físico como una amenaza y las mujeres como un gesto de seguridad. En un entorno pediátrico hospitalario, con niños desde 3 días hasta 44 meses se observó que el contacto físico tenía un impacto muy significativo en el cambio positivo de comportamiento en niños y lactantes.

Como hemos comentado con anterioridad, los autores también revelan estudios en los que no se apoya el uso del contacto físico entre terapeutas y pacientes.  Si bien es cierto que las mujeres terapeutas son más favorables al contacto físico que los hombres terapeutas y que aquellos profesionales que tienen una nivel académico de doctor, utilizan más el contacto físico en sus rutinas profesionales. Asimismo, se detectó mayor utilización del contacto físico por parte de terapeutas que trabajan en centros públicos que en privados, siendo los trabajadores sociales y psicólogos los que más lo utilizan, en detrimento de los psiquiatras, que no son proclives a su uso.

Así, Fisher y sus colaboradores (1976) analizaron tres factores que influyen en el grado en el que el contacto es experimentado de manera positiva, determinándose según si era apropiado a la situación y contexto, si no impone un mayor nivel de intimidad del que el paciente puede manejar y si no comunica un mensaje negativo al paciente. De esta manera, el contacto físico ha sido usado con eficacia con pacientes que experimentan dolor, trauma, depresión, o que han sido abusados, víctimas de negligencia, etcétera. Por el contrario, los autores nos revelan que existen situaciones en las que el contacto físico no es recomendado. Older (1982) así nos lo disponía si el terapeuta no quiere tocar al paciente, siente que el paciente no quiere ser tocado, cree que el paciente quiere ser tocado pero no cree que el contacto sea eficaz, el terapeuta se siente manipulado o coaccionado en su contacto físico o es consciente de sus sentimientos, tendientes a la manipulación o coacción al paciente, a través de este contacto.

Finalmente, los autores nos recomiendan que los profesionales deben ser claros acerca de sus propias actitudes en relación al contacto físico y en que medida este contacto puede hacer variar su relación con el paciente. Corey, Corey y Callahan (1984), concluyen que la duración y naturaleza del contacto físico no debe generar malestar ni en el terapeuta ni en el paciente y que, siempre, el contacto físico debe ser adecuado a las necesidades del paciente en ese momento concreto del tratamiento. En ningún caso debe ser utilizado para precipitar la reacción del paciente.

Traducción y resumen: Nahikari Sánchez

Edición: Belén Alcazar

Construyendo el órgano de engaño. Lenguaje no verbal y detección de mentiras. Club del Lenguaje no Verbal.

Tecnica neurologica de deteccion de mentiras, Club Lenguaje no Verbal.

Tecnica neurologica de deteccion de mentiras. Club Lenguaje no Verbal.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje no Verbal, en esta ocasión os ofrecemos un extracto del artículo “Construyendo el órgano de engaño. La retórica de la resonancia magnética funcional (fMRI) y la huella digital del cerebro” de la autora Melissa Littlefield, de la Universidad de Illinois (Estados Unidos), en el cual se aborda el interesante ámbito de las neurociencias aplicadas a la detección de mentiras.

La resonancia magnética funcional (fMRI) y la electroencefalografía (EEG), basada en la tecnología de huellas digitales del cerebro, han sido aclamados en Estados Unidos de América como las mejores tecnologías de detección de mentiras, sobre todo tras los atentados terroristas del 9 de septiembre de 2001. En efecto, los resultados obtenidos por estas nuevas técnicas se consideran mucho mejores que el polígrafo, que medía cambios en el sistema nervioso autónomo, correlacionando con emociones como la ansiedad, el miedo o la culpa. Así, la huella digital cerebral se centra, solamente, en el cerebro, aumentando la subjetividad de la prueba.

El polígrafo se creó a principios del S XX y ha disfrutado de cierta popularidad en las diferentes agencias de los Estados Unidos de América. Sin embargo, tras los atentados de 2001, el gobierno de los Estados Unidos y tanto investigadores como científicos observaron la necesidad de detectar con más precisión y rapidez las diferentes amenazas a la seguridad nacional que se les planteaban. Con todo, esta tecnología, desarrollada en los años 90, se vio impulsada, debido a que permitía “desbloquear” el cerebro de terroristas sospechosos (Gammage, 2002; Shuman, 2002; Bowden, 2003, Cavouto, 2003).

La posibilidad de detección del engaño mediante el análisis del cerebro se realiza mediante el estudio de las diferentes conexiones cuantificables entre el cerebro (mente y biología) y el comportamiento humano. Las alteraciones en la hemodinámica del cerebro y de la actividad eléctrica representan los orígenes fisiológicos del engaño. Así, sobre la base del EEG, la huella digital del cerebro fue desarrollada y patentada por Lawrence Farwell, un psicólogo egresado de Harvard y uno de los muchos profesionales que trabajan en la aplicación del EEG en la detección de mentiras. La técnica de Farwell mide la actividad eléctrica del cerebro cuando un individuo se expone a un estímulo. Para ello se utiliza un casco provisto de una serie de electrodos y el sujeto debe centrarse en una pantalla donde aparecen ciertas imágenes, palabras y sonidos. En el momento del reconocimiento de alguno de estos elementos el sujeto deberá pulsar el botón SI, si no lo reconoce, el botón NO. Con todo, las respuestas conscientes no son necesarias para que la prueba funcione. La señal eléctrica utilizada es la P300, fuera del control consciente. La huella digital del cerebro produce un registro de reconocimiento del estímulo a través del catálogo de información almacenada en el cerebro del sujeto analizado.

Por otra parte, el BOLD-fMRI, mide los cambios en los niveles de oxigenación de la sangre. Si la actividad neuronal requiere oxígeno, las neuronas activas reciben más oxígeno de la sangre que las neuronas inactivas. Así, la mayor actividad neuronal hará aumentar la oxigenación de la sangre. Podemos observar que mediante el fMRI y la huella digital cerebral, lo que analizamos es la memoria, a huella digital dejada en el cerebro a través de estímulos determinados. Al determinar cualquier negación consciente de la memoria, se observa el engaño. Con el objetivo de realizar este estudio, se utiliza el GKT (Prueba Conocimiento Culpable) que se compone de tres elementos denominados estímulos sonda, estímulos objetivos y estímulos neutros. Los estímulos neutros son palabras e imágenes irrelevantes que ayudan a establecer la línea base desde la que poner a prueba las diferentes reacciones. La sonda es la información correspondiente al crimen que solamente es posible que conozca el autor de los hechos. Los objetos serán aquellas informaciones sobre el crimen que han podido estar expuestas en prensa. En este último caso será reconocido, pero no se tratara de autoinculpación. Así, utilizando el GKT solamente los involucrados en un determinado hecho delictivo tendrán reacciones cerebrales ante estímulos sonda.

Farwell compara el cerebro con un disco duro capaz de almacenar y recuperar información, por lo que la memoria de ciertos acontecimientos importantes (como puede ser la comisión de un delito grave) estará intacta mucho tiempo después de haber ocurrido los hechos. De esta manera, Laugleben y Farwell argumentan que la actividad eléctrica del cerebro y la hemodinámica, no pueden ser deliberadamente manipulados  por los sospechosos. Así, pueden contener la respiración, morderse la lengua, intentar frenar su ritmo cardíaco, pero ninguna de estas tácticas que si pueden desbaratar los resultados del polígrafo tendrá ningún efecto sobre las técnicas basadas en el cerebro.