Club del Lenguaje no Verbal

Por cortesía de la Fundación Universitaria Behavior & Law

Mes: Junio 2012

Diferencias de expresión emocional de genero en la televisión

Os presentamos hoy un estudio llevado a cabo sobre las diferencias de roles de género que la televisión ofrece, medidas a través de las expresiones faciales. La programación televisiva es un elemento que puede contribuir a perpetuar actitudes de roles tradicionales, así como puede ayudar a establecer nuevas normas roles sociales y de manera concreta esto se puede hacer también a través de la expresión no verbal de los actores y actrices.

En este estudio elaborado en la Universidad de Hamburgo, los autores Finger, Dagmar y Schwab se plantearon el objetivo de examinar las diferencias de género en la expresión facial de la emoción en la televisión, así como los cambios de estas diferencias en el tiempo.

Los autores analizaron el contenido de 12 episodios de dos series alemanas sobre de investigación criminal  partiendo de dos muestras que diferían unos 25 años en el tiempo  (1979-1981 / 2005). El análisis de ambas series de televisión se llevó a cabo mediante el empleo del FACS y EMFACS (Facial Action Coding System y Emotional Facial Action Coding System  (Friesen y Ekman 1983).

Los resultados mostraron que existen diferencias de género en las emociones estereotípicamente masculinas: las emociones negativas. Los actores masculinos expresan estas emociones de manera significativamente más frecuente que las mujeres. Por el contrario, las actrices mostraban en mayor número de veces las denominadas “sonrisas sociales”. Analizando las diferencias temporales entre la serie de los 80 y la serie del 2005, se comprobó que estas diferencias se redujeron con el tiempo.

Los resultados confirmaron la primera hipótesis de que existen diferencias de género en las emociones negativas expresadas, tendiendo al estereotipo de que el hombre presenta mayor número de emociones negativas. Los inspectores jefes masculinos en estas series expresaron estas emociones de manera significativa con más frecuencia que las inspectoras jefe femeninas. Respecto a la sonrisa Duchenne no hubo diferencias significativas entre ambos sexos, mientras que para la sonrisa social, también se encontró una diferencia entre hombres y mujeres, siendo mucho más numerosa esa expresión en las mujeres.

En cuanto a los resultados para la hipótesis 2 planteada por los autores, se produjo una reducción de las diferencias de género a lo largo del tiempo, de manera que estas diferencias en la expresión de emociones negativas y en la presentación de la sonrisa social se redujeron, mostrándose menos en la serie de 2005.

Según los autores esto puede ser debido a que en las sociedades occidentales, las emociones de ira y desprecio están más estrechamente asociadas con hombres que con mujeres y esa misma asociación se refleja en la televisión.

Por otro lado, los autores comprobaron que hubo un incremento en la cantidad de expresiones de las emociones negativas tanto en hombres como en mujeres a través del tiempo. Esto podría ser debido a un cambio en los argumentos de las series que actualmente  ofrecen un mayor número de escenas sangrientas y desagradables. Por tanto, podemos imaginar que las escenas más impactantes, como la aparición de un cuerpo mutilado, puede despertar más las emociones de ira y desprecio. Es imaginable que la exhibición pública de estas emociones es más aceptada hoy en día, tanto para hombres como para mujeres, de lo que lo era hace 25 años.

En suma, los resultados muestran tendencias a las representaciones de género estereotipadas en las series de televisión alemanas. Existieron evidencias de un comportamiento emocional específico de género de mujeres y hombres que actúan en el mismo papel profesional. Además, se comprobó una tendencia a que estas diferencias disminuyan con el tiempo.

Cómo parpadeamos al decir mentiras

Estimados amigos del Club del Lenguaje No Verbal, debido a las solicitudes de muchos de nuestros miembros, hoy os presentamos la versión extendida del artículo sobre la investigación de Sharon Leal y Aldert Vrij llevada a cabo en la Universidad de Porstmouth en el Reino Unido en la que se pretende demostrar que las personas, cuando mentimos, parpadeamos menos que cuando decimos la verdad. Hace unos meses subimos a nuestro blog un breve resumen de la investigación que ha suscitado un gran interés y demandas sobre una mayor explicación de este trabajo. A continuación os presentamos una versión ampliada del artículo.

En el estudio se puso a prueba la hipótesis en la que se afirma que cuando los mentirosos experimentan una demanda cognitiva, sus mentiras están asociadas con una disminución de parpadeo, seguido directamente por un aumento de parpadeo una vez que la mentira se ha contado. El método que se siguió para realizar la investigación fue estudiar el comportamiento de 13 personas que tenían que mentir y otras 13 que no mentían en un total de tres períodos. El período en el que tenían que mentir se denominó período crítico. Se grabaron los parpadeos de este grupo durante estos tres periodos. El patrón del comportamiento del parpadeo que se observó en las personas que mentían era notablemente diferente al patrón obtenido en quienes decían la verdad. Los primeros mostraban una disminución de parpadeo en el período crítico comparado con los otros dos períodos en los que se decía la verdad, en los que se observó un aumento considerable. Mientras que el grupo que solo decía la verdad, mostraba un aumento de parpadeo durante el período crítico en comparación con los otros períodos. Con estas observaciones realizadas la investigación presenta unas implicaciones para la detección de la mentira que se prestan a debate.

Con la investigación los autores han demostrado que el parpadeo disminuye cuando aumenta la demanda cognitiva (Bageley y Manelis 1979; Bauer et al. 1987; de Drew 1951; Goldstein et al. 1992, Holland y Tarlow 1972, 1975; Wallbott y Scherer, 1991). Por ejemplo, Holland y Tarlow (1972) se encontraron con que los participantes parpadeaban menos cuando tenían que memorizar un número de 8 dígitos en comparación con un número de 4 dígitos en un período de 70 s. La investigación sugiere además que durante las interrupciones de demanda cognitiva se produce una ráfaga de parpadeos (Holland y Tarlow 1972; Leal, 2005; Malmstrom et al. 1977; Stern et al. 1984). Por ejemplo, Holland y Tarlow (1972) instruyeron a los participantes en sumar los números que se les presentaban durante los ensayos con intervalos de 10 s. Para nueve ensayos el número a añadir en intervalos de 2, 4 y 6 fue cero (que facilita la tarea de sumar en estos intervalos). Para los otros nueve ensayos, ninguno de las cifras era cero. Los ensayos que contenían el número cero provocaban más parpadeo en los ojos que aquellos ensayos que no contenían cero, debido a un aumento de parpadeo durante los intervalos en los que el cero estaba presente.

Los autores consideran que estos resultados podrían ser relevantes para predecir el parpadeo de los ojos realizado durante y directamente después de mentir, y examinar este hecho en el presente experimento. A veces mentir es cognitivamente más exigente que decir la verdad (véase más adelante), y la mentira en estas situaciones daría lugar a una disminución de parpadeo. Una vez que se ha dicho la mentira, se produce una pausa de la demanda cognitiva, lo que desembocaría en un aumento de parpadeo.

Mentir puede ser más exigente cognitivamente hablando que decir la verdad (DePaulo et al 2003;. Zuckerman et al. 1981), y varios aspectos de la mentira contribuyen a este aumento de carga mental (Vrij 2004, 2008,. Vrij et al, 2006b, en prensa, 2008). En primer lugar porque la formulación de la propia mentira puede suponer en sí misma una tarea (Vrij 2008), de manera que hay que preparar una historia y controlar que la invención se la está creyendo  el observador. Además, los mentirosos deben recordar sus declaraciones anteriores, de modo que parezcan consistentes cuando vuelven a contar su historia, y saber qué contaron y a quién. También deben evitar cometer errores en el habla, y deben abstenerse de proporcionar nuevas pistas. En segundo lugar, los mentirosos son más propensos que aquellos que dicen la verdad a supervisar y controlar su comportamiento a fin de parecer creíbles (DePaulo y Kirkendol 1989). En tercer lugar, tienen que controlar las reacciones del entrevistador con más cuidado con el fin de evaluar si están mintiendo bien (Buller y Burgoon 1996; Schweitzer et al. 2002). Este control del entrevistador también supone carga cognitiva. En cuarto lugar, los mentirosos pueden estar preocupados por la tarea de recordarse a sí mismos su actuación (DePaulo et al. 2003), que requiere un esfuerzo cognitivo extra. En quinto lugar, tienen que ocultar la verdad mientras  están mintiendo, y esto también es cognitivamente exigente (Spence et al. 2001). Finalmente, mientras que la activación de la verdad a menudo ocurre automáticamente, activar una mentira es más intencional y deliberado, y por lo tanto requiere un esfuerzo mental (Gilbert, 1991; Walczyk et al. 2003, 2005).

Obviamente, mentir no siempre es más exigente cognitivamente que decir la verdad (McCornack 1997). Tal vez las razones anteriormente expuestas de por qué la mentira es más cognitivamente exigente puede darnos una idea de cuándo esto es así. Por ejemplo, mentir es probable que sea más exigente que decir la verdad sólo cuando los entrevistados tienen una motivación para hacerlo. Sólo en estas circunstancias se puede suponer que los mentirosos consideran que se va a poner en duda su credibilidad y por lo tanto serán más propensos a controlar su propio comportamiento y las reacciones del entrevistador. En segundo lugar, para que mentir sea cognitivamente más exigente que decir la verdad, los mentirosos deben ser capaces de recuperar su actividad sincera con facilidad y tener un recuerdo claro de ello. Sólo cuando aquellos que mienten conocen con claridad la verdad, les será será mucho más difícil evitarla. En el otro lado de la ecuación, los que dicen la verdad también necesitan tener fácil acceso a la verdad para que la tarea sea relativamente poco exigente. Si tienen que esforzarse mucho en recordar la situación (por ejemplo, porque no estaba muy clara o porque ocurrió hace mucho tiempo), se produce una fuerte demanda cognitiva que puede exceder las demandas cognitivas que los mentirosos necesitan para la invención de una historia.

En estudios experimentales los investigadores se aseguran de que los entrevistados están motivados (por lo general dando un premio para conseguir una impresión fiable) y que  el objetivo se consigue fácilmente (normalmente entrevistando a los sospechosos poco después de informarles sobre el objetivo), y el experimento no es una excepción a esto. Cuando se realizó este experimento, se descubrió que la mentira parece ser más exigente que decir la verdad en varios aspectos. Los participantes que han evaluado directamente su propia carga cognitiva manifiestan que la mentira es más exigente cognitivamente que decir la verdad. Esto ocurrió no sólo cuando eran necesarias respuestas más elaboradas (Granhag y Stro ¨ mwall 2002; Hartwig et al 2006.; Stro ¨ mwall et al. 2006; Vrij et al. 2001, 2006c; Vrij y Mann 2006; White y Burgoon 2001), sino también cuando eran suficientes respuestas cortas (Caso et al 2005;. Vrij et al 1996,. 2006c). En la investigación fMRI sobre el engaño, mentir y decir la verdad se diferencian sólo por el hecho de apretar el “botón” de la verdad o el “botón” de la mentira. Sin embargo, la actividad cerebral de los participantes revela que la mentira es más exigente cognitivamente que decir la verdad (Spence et al. 2004).

En el ámbito forense, podemos suponer que por lógica los entrevistados tienen una fuerte motivación para hacer creer que su coartada es real, pero no podemos asumir siempre que sean capaces de recuperar el objetivo fácilmente, ya que esto puede variar de un caso a otro. Los análisis de las entrevistas de la policía con la vida real de los sospechosos, sin embargo, sugieren que la mentira exige un esfuerzo mental extra que decir la verdad en el ámbito forense. En primer lugar, en los interrogatorios de policía, las mentiras estaban acompañadas por disminución del parpadeo, aumento de pausas, y disminución en los movimientos de manos y dedos, todo ello signos de carga cognitiva (Mann et al 2002;. Vrij y Mann, 2003). En segundo lugar, los oficiales que vieron los videos de las entrevistas a sospechosos aseguraron que los sospechosos parecían estar esforzándose más cuando mentían que cuando decían la verdad (Mann y Vrij 2006).

Los mentirosos, que hacen hasta una coartada en el periodo crítico, deberían experimentar más demanda cognitiva cuando lo recuerdan puesto que implica engaño que cuando recuerdan los otros períodos que implican verdad. Por lo tanto, los autores concluyen con este estudio que los mentirosos muestran menos parpadeo al recordar el periodo crítico que al recordar los otros periodos.  Además también se encontraron con que cuando esta demanda cognitiva alta cesa, es decir, inmediatamente después de mentir, se producen una ráfaga de parpadeos (que denominan el efecto compensatorio).

Este experimento demostró que, en situaciones en las que mentir requiere de demanda cognitiva, se asocia una disminución de parpadeo seguido por un efecto compensatorio: Un aumento de parpadeo de los ojos inmediatamente después de que se ha contado la mentira y ha cesado la demanda cognitiva. Son sorprendentes los diferentes patrones de parpadeo  que surgieron para los mentirosos y para los que dicen la verdad. Se ven raramente en la investigación del engaño diferencias tan notables en el comportamiento entre aquellos que mienten y los que no (DePaulo et al 2003;. Vrij 2008). Los mentirosos muestran una disminución en el parpadeo durante el engaño (es decir, el periodo crítico), en comparación con los períodos en los que decían la verdad y esto fue seguido por un aumento en el parpadeo en el período de transición cuando la mentira ya se ha contado (en comparación con el periodo crítico y el resto). Aquellos que decían la verdad mostraron un aumento de parpadeo durante el periodo crítico en comparación con los otros dos períodos que no fue seguido por un cambio en parpadeo justo después del período crítico. El aumento del parpadeo en las personas que decían la verdad no estaba previsto, pero tal vez podría explicarse en términos de ansiedad. Tal vez experimentaron más ansiedad durante el periodo crítico que durante el inicio del estudio, ya que podrían haberse dado cuenta que este periodo es el componente clave de la prueba en la que se evalúa su credibilidad. La ansiedad se asocia con un aumento en el parpadeo (Chiba 1985; Harrigan y O’Connell, 1996; Tecce 1992). Dado que el período crítico no está asociado con un aumento en la demanda cognitiva en aquellos que contaban la verdad, no hay ninguna razón teórica por la cual se produjera el efecto compensatorio en ellos, y, de hecho, no se produjo.

Aún está por verse si los detectores de mentiras, desconocido aún durante este estudio, interpretarán el parpadeo que muestran los que dicen la verdad y los que no. Se ha demostrado en investigaciones que los detectores suelen asociar un aumento de parpadeo asociado con el engaño (Stro ¨ mwall et al. 2004; Taylor y Hick 2007; Vrij et al. 2006a). Los hallazgos arrojados en esta investigación sugieren que harían (i) una incorrecta clasificación de quienes dicen la verdad como mentirosos y (ii) de forma incorrecta clasificarían mentirosos como todo lo contrario cuando se fían del parpadeo para detectar engaño en circunstancias en las que mentir requiere carga cognitiva.

Los escépticos pueden argumentar que se utilizó una situación en la que había poco que perder, y que las conclusiones de los autores acerca de que los mentirosos reducen el parpadeo cuando experimentan una carga cognitiva pueden no ser acertadas cuando conllevan consecuencias más importantes. Tal vez en situaciones donde hay mucho en juego, donde los resultados realmente importan a los mentirosos, la ansiedad que experimentan es muy alta y esto conlleva un aumento del parpadeo en el momento de mentir. La investigación de Mann et al. ‘S (2002), en la que se examinaron el parpadeo de los ojos a los sospechosos en interrogatorios de la policía cuando decían la verdad y cuando mentían durante las entrevistas, sugieren que los escépticos pueden estar equivocados. El estudio de Mann et al. ‘S tenía un componente de gran impacto, puesto que se estudiaba a sospechosos acusados de delitos graves como asesinato, violación, e incendios provocados. De nuevo, los sospechosos mostraron una disminución en el parpadeo cuando mentían. Se desconoce si esto fue seguido por un efecto compensatorio inmediatamente después de  mentir, ya que no se ha analizado.

Como consecuencia práctica de los resultados del estudio, los autores creen que los patrones de frecuencia de parpadeo se pueden controlar para ayudar a los profesionales que tienen que detectar a los mentirosos en identificar las partes de las declaraciones de los sospechosos que son indicativos de engaño, lo cual justifica un examen más detallado. Una de las ventajas de la tasa de control de parpadeo en lugar de otras medidas fisiológicas es que se puede hacer de una manera no intrusiva con una cámara a distancia que podría recoger el parpadeo de los ojos vigilando la oclusión de la retina (Stern, 2006, comunicación personal a Sharon Leal), lo que hace que sea aplicable a muchas situaciones.

Las observaciones que recogen los autores respecto a la mentira no sólo están relacionadas con el parpadeo. Por ejemplo, cuando Clinton declaró ante el Gran Jurado en el caso Mónica Lewinsky, se sentó muy quieto cuando respondió a las preguntas potencialmente incriminatorias sobre si ordenó o no a su secretario personal a ir a la casa de Lewinsky a recoger los regalos que le había hecho (Vrij 2002). Sin embargo, hizo una serie de movimientos sutiles cambiantes después de contestar estas preguntas.

Los autores esperan con este estudio que se estimule más la investigación sobre los comportamientos mostrados por los mentirosos, durante y directamente después de la mentira en situaciones en las que se experimenta carga cognitiva.

Detectar de mentiras en niños y adultos

Estimados amigos y miembros del Club del Lenguaje no Verbal. Hoy os presentamos una investigación llevada a cabo en la Universidad de California por Edelstein, Luten , Ekman y Goodman en la cual se pretendió comprobar si las personas adultas reconocen mejor las mentiras expresadas por niños que las mentiras expresadas por otros adultos.

En el ámbito forense, será de máxima importancia la capacidad y precisión de detectar mentiras que tengan policías, abogados, jueces o cualquier otra persona con responsabilidad en el esclarecimiento de la verdad. Un aspecto crucial será el estudio de la capacidad de detectar aquellas mentiras incluidas en el testimonio que un niño pueda realizar de un evento. Aun reconociendo esta importancia, pocos son los estudios realizados para determinar la precisión de los adultos para reconocer cuándo un niño está mintiendo.

Según Ekman, mentir es la falsificación deliberada de un hecho cuando el receptor no ha sido advertido de la intención de mentir del emisor, al contrario de otras formas de engaño en las cuales el receptor sabe explícita o implícitamente que podrían estar engañándoles (poker, ilusionismo, …). Los resultados de diferentes investigaciones indican que la capacidad y precisión de los adultos no entrenados en la detección de mentiras rara vez excede de lo que cabría esperar por azar. Estos resultados podrían reflejar la capacidad que tenemos las personas para ocultar los indicadores de engaño y/o nuestra escasa capacidad de detectar mentiras.

La investigación del desarrollo del niño sugiere que a medida que el niño crece, su comprensión del engaño le hace cada vez más capaz en la mentira. Por ejemplo, en un estudio reciente, estudiantes universitarios evaluaron la veracidad de 32 niños (edades 7-8 y 10-11 años). La capacidad global de los participantes para detectar las mentiras de los niños fue sólo ligeramente por encima del azar (59%), una tasa comparable a la encontrada en estudios sobre adultos. El estudio incluyó diferentes experimentos que indicaron que, a partir aproximadamente de 12 años de edad, los niños han adquirido competencias suficientes en el control de su comportamiento no verbal para ocultar los indicadores de la mentira.

Las conclusiones del estudio indican que la precisión en el acierto, en términos generales, fue igual a la concluida en otras investigaciones, es decir, al mismo nivel que el azar. Sin embargo, llamó poderosamente la atención que los adultos fueron más precisos detectando la mentira en niños que en otros adultos, sin embargo, fueron más precisos detectando la verdad en adultos que en niños. Según los autores, este hecho puede producirse motivado por un sesgo, de manera que tendamos a pensar que los adultos dicen más la verdad que los niños. En cualquier caso, los autores concluyen que es necesaria una mayor investigación para determinar los prejuicios existentes en la detección de mentira y su efecto sobre la precisión de la detección.