En esta ocasión os acercamos un artículo que nos hace especial ilusión compartir con todos vosotros. Se trata de un artículo publicado por Rafael López (director del Club del Lenguaje no Verbal) junto a Miguel Ángel Pérez Nieto (decano de la Facultad de CC de la Salud de la Universidad Camilo José Cela) y Héctor González Ordí (profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid). La publicación ha aparecido en el último número de la revista científica Edupsykhé  y realiza la presentación parcial de la investigación que, desde el año 2010 hasta principios del 2012, se llevó a cabo con cerca de 500 miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas españolas.

Según los autores, en la actualidad, diferentes posturas denominadas neodarwinistas, sostienen que las emociones son reacciones adaptativas para la supervivencia, que son heredadas filogenéticamente o desarrolladas ontogenéticamente siguiendo procesos de maduración neurológica, con unas bases expresivas y motoras propias, universales, considerando que existe un número determinado de emociones discretas (Ekman, Friesen, y Ellsworth, 1972; Izard, 1982; Plutchik, 1980; Tomkins, 1984).

A la luz de este planteamiento, puede parecer que, en el momento actual, las emociones juegan un papel importante para la supervivencia de las personas que velan por nuestra seguridad. Por ello, podría ser de interés que los cuerpos de seguridad del estado tengan en cuenta la importancia de las emociones para su supervivencia y, en definitiva, que tengan en consideración la necesidad de investigar en materia de emociones y de expresión motora de éstas, así como de los mecanismos adecuados para incrementar la destreza en el reconocimiento emocional, si es que este hecho es posible.

Las emociones y su expresión son elementos heredados, cargados en nuestro código filogenético (Chóliz y Tejero, 1994). Por ello, parece evidente que tanto expresión de las emociones como reconocimiento emocional vendrán determinados por procesos filogenéticos. Ahora bien, no debemos despreciar la posibilidad de que el aprendizaje sea una variable a tener en cuenta en el desarrollo de emociones y su vinculación a conductas sociales (e.g. Etxebarría, Apocada, Ortiz, Fuentes y López, 2009), de manera que la experiencia podría jugar también un papel fundamental en la habilidad de reconocimiento de emociones.

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